Publicado el Miercoles, 18 de Marzo, 1998, en yara!

ISABEL M. ESTRADA
Isabel Manuela Estrada Portales, nací en una bella ciudad llamada La Habana, Cuba, un 2 de septiembre de 1971 -año de la industrialización según el calendario revolucionario-. Estudiè, viví, creí, me decepcionè...como ocurrió usualmente con mi generación. Fui a la Universidad de la Habana a la Facultad de Comunicación Social, entre 1989 y 1994, me graduè con honores estudiantiles y problemas políticos. Me prohibieron decir el discurso de graduación, cosa que me correspondía por ser el primer expediente -Valedictorian-, entonces nos fuimos del acto oficial y en la puerta del Aula Magna de la Universidad leí el discurso rodeada de todos los estudiantes de mi curso -es de los momentos en que he rozado el valor-. Enviè mi tesis de grado en forma de libro a un concurso nacional llamado Pinos Nuevos, donde ganó y lo publicaron, pero por su caràcter extremadamente polèmico lo censuraron y no permitieron que fuera distribuida, pero copias piratas se regaron por la ciudad. El libro se titula: Retóricas, astucias, convenciones. Las ideologí as profesionales de los periodistas cubanos. Trabajè de investigadora en un centro de cultura comunitaria. Lo dejè y me fui de misionera con la Iglesia Católica, a Catalina de Guines y Palma Soriano. Luego fui profesora de Español y Literatura en un preuniversitario. Pertenezco a la Comunidad de San Egidio, comunidad católica laica que se dedica al servicio a los pobres y al cultivo de la amistad. Lleguè a Estados Unidos, de forma milagrosa, en agosto de 1997, para estudiar en la Maestrí a de Periodismo Investigativo de FIU. Ahora soy asilada política. Tengo una hija, Carmen, de un año y tres meses que està en Cuba aún.

La Habana.


Por Isabel M. Estrada

L a Habana. La noble Habana de antiguas columnas con diseños raros y distintos que ahora exhiben un gris único, el de la dejadez y el culpable olvido. El sitio donde florecen las paredes al tiempo que se agrietan y derrumban. Ciudad de risas y làgrimas, echada de menos por tantos que estàn lejos y de màs por tantos que estàn dentro. ¿Què ve el viajero al recorrer calles que no conoce o no recuerda? ¿Què rememora quien poco tiempo atràs las abandonó?

El paseo del ayer, el Prado de los soñadores, sigue siendo el lugar privilegiado por quienes caminan en la noche, apesadumbrados por "la nostalgia del día que vendrà", casados con una belleza de la que sobreviven ligeros vestigios. Cada sàbado se anda sobre las huellas del anterior y se repiten los amigos el mismo verso, se prometen la misma fidelidad, se secan mutuamente las mismas làgrimas. La pregunta callada martillea las sienes, mientras se aprietan los dientes parra no pronunciarlas: dónde estaremos en unos años.

Las posesiones son escasas: una estadía en la universidad, veinticinco años de envejecimiento sin experiencia, algunas lecturas que nos devuelven embellecido un paisaje que no hemos contemplado, un ansia infantil de aventura. Es extraño permanecer atados a una historia que no ha sido la nuestra, sentir la perdida de una ciudad que en verdad no conocimos sino por viejos àlbumes y descripciones literarias, pero amamos esta plaza porque fue la de Lezama y Martí, la de Cabrera Infante y Villaverde, la de los de ayer y los de anteayer, y porque, de algún modo eso la hace nuestra.

Otros, tambièn jóvenes, sentados en cualquier esquina de lo que ayer fuera una construcción envidiable se dejan matar por el tiempo, se aburren por costumbre, se emborrachan por no llorar...o por no esperar. A menudo vivir es difícil, pero no renuncian. Recuestan su espalda en columnas apuntaladas e inventan un piropo para cualquier mujer que se contonea ante sus narices, mientras la esposa aguarda. Lo demàs es el dominó, la música y el juego prohibido.

Y los ancianos se levantan cada día al amanecer, con las arrugas màs acentuadas y las vestimentas màs ajadas; hacen largas colas en los estanquillos para comprar periódicos que luego revenden y, a la hora del almuerzo, hacen colas en oscuras fondas. Siguen ahí, aferrados a una vida que les ha sido ingrata, idealizan los tiempos pasados y tienen fe: ya vendràn tiempos peores!

Nada es demasiado terrible para no alcanzar una solución aparente y aunque nos preguntemos mil veces por què, la gente ríe, el cubano ríe sufriendo y sufre riendo; cuando la realidad es muy abrumadora se escapa y ríe, cuando el problema es insoluble lo elude y ríe, cuando la solución radical es imposible la olvida y ríe.

Las mujeres adultas estàn atravesadas por la inmediatez y envejecen a sus propios ojos ante el espejo, los caracteres se vuelven àcidos, los matrimonios caen en frecuentes crisis, los hijos son cada día màs independientes y problemàticos, y se acabó la cebolla, y el azúcar no alcanza para llegar a fin de mes, y se multiplican sospechosamente las reuniones de los esposos, y què cara la pintura de uñas.

En cambio las muchachas no parecen dispuestas a heredar de sus madres otra cosa que la belleza, se peinan y se maquillan, algunas buscan futuro de los modos menos recomendables, muchas se alarman por no avizorar ninguna tierra prometida, no piensan en parir, no paran de soñar, quizàs irresponsables, tal vez superficiales, sobre todo indiferentes.

Los niños preguntan, desean, corretean bajo la lluvia y siguen siendo la mayor fuerza de subversión. Perplejos ante las nuevas tecnologías, suspiran por las computadoras y los juegos televisivos y pierden la inocencia al descubrir en el dinero un hada madrina.

Los turistas miran todo sin ver nada. No pueden entender el secreto conjuro de esa ciudad màgica que contiene misteriosos desafíos para cada uno de sus habitantes. Las calles permanecen majestuosas, contemplan, esperan. ¡Ah, mi ciudad! Seguro es falso que todo hombre nace con un plano de La Habana en la cabeza, pero eso es porque no somos perfectos. Siempre desde lejos se le envía a La Habana el mensaje del cantor: "dile que la echo de menos cuando aprieta el frio, cuando nada es mío, cuando el mundo es sórdido y ajeno".

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