Publicado el domingo, 20 de junio de 1999 en El Nuevo Herald

Las instalaciones cubanas de biotecnología `están llenas de zonas cerradas y secretas'

ROBERTO FABRICIO
El Nuevo Herald

En el reparto habanero de Cubanacán, antiguamente conocido como el Country Club, se encuentra un complejo de investigaciones biológicas en el cual Cuba ha invertido cientos de millones de dólares y que se conoce como el Polo Científico.

Allí se encuentran decenas de grandes y pequeños edificios modernos esparcidos entre las antiguas mansiones de la burguesía capitalina, convertidas hace años en embajadas y casas de protocolo y en residencias de la nueva clase socialista.

El centro neurálgico de este corredor biológico es el Centro de Ingeniería Genética y Biotecnología (CIGB), en Avenida 31 entre 158 y 190, Cubanacán, Playa. Visto desde el exterior, este moderno edificio parece un hospital o una moderna planta de electrónica o computación. Oficialmente, el CIGB es la joya de la industria biotecnológica y farmacéutica de Cuba. Pero en sus entrañas, más allá de los niveles de seguridad 1, 2 y 3, tras el nivel 4 de seguridad, dicen los expertos rusos y norteamericanos, se han desarrollado algunas de las armas bacteriológicas más mortíferas del planeta.

Hasta la semana pasada el director del CIGB fue su fundador, el Dr. Manuel Limonta. Pero Limonta fue destituido súbitamente y parece que está arrestado, así como su número dos, el ingeniero Luis Herrera. Han sido envueltos en una amplia redada contra la corrupción, dice el gobierno.

En el lenguaje del propio CIGB se describe sus instalaciones: ``El uso de animales de diversas especies es un imperativo de las investigaciones médicas y, a tal efecto, el CIGB posee un bioterio equipado para diferentes especies de animales, posee instalaciones con una alta tecnología, como son zonas de barreras y zonas protegidas o salas blancas, lo que permite realizar ensayos de potencia de vacunas recombinantes...''.

Según el ex coronel soviético Ken Alibek, que fuera el segundo a cargo del desarrollo de armas bacteriológicas en la ex Unión Soviética, el programa cubano ha dado muestras irrefutables de estar produciendo armamentos biológicos desde 1991.

``Desde 1988 los cubanos estaban detrás de nosotros para que les ayudáramos a construir una nueva planta de microbiología. El proceso de la célula sencilla usaría a las molasas de la proteína obtenidas del azúcar, algo que los cubanos tenían en abundancia'', explica Alibek.

Pero ya él y el mayor general Yuri T. Kalinin, que era su jefe y supervisaba toda la producción de armamentos bacteriológicos en la ex Unión Soviética, tenían sospechas de que lo que los cubanos en realidad querían desarrollar era la capacidad de producir armas bacteriológicas en cantidades industriales.

``En realidad, los cubanos querían que nosotros les fabricáramos un inmenso reactor para una planta de producción gigantesca'', explica Alibek.

``Sospechábamos que esto no era nada industrial ni farmacológico'', dice Alibek. ``Ya sabíamos que los cubanos tenían un nuevo complejo biológico al lado de La Habana, algo muy caro y sofisticado que estaba totalmente fuera de contexto en un país pobre''.

En un viaje previo a La Habana, Kalinin le confesó a Alibek que todo indicaba que los cubanos estaban produciendo armas bacteriológicas. Le dijo: ``Las instalaciones de microtecnología están llenas de zonas secretas y cerradas, igualito que las nuestras''.

Al volver en el año 90, Kalinin inicialmente vio algo que le confirmó la existencia de la producción de material de guerra bacteriológica.

``Los cubanos habían obtenido equipos a prueba de alta humedad y la capacidad de producir material bacteriológico en un vacío de humedad, algo necesario fundamentalmente para la producción de material militar'', dijo Alibek.

Además de la existencia de este equipo en Cuba, el colonel Alibek le insistió a su jefe en otras pruebas de que Cuba estaba produciendo material militar.

``Yo era su principal asistente y teníamos mucha confianza'', explica Alibek. ``Estoy absolutamente convencido de que Cuba tiene un programa de armas bacteriológicas, me dijo, y cerró el tema ahí mismo''.

Ya en 1987, en los círculos de microbiología militar de la Unión Soviética se hablaba abiertamente de la capacidad y sofisticación que habían obtenido sus discípulos cubanos.

Ese año Alibek coincidió con otros miembros de Biopreparat, la entidad soviética que fabricaba tanto medicinas como armamentos bacteriológicos, en una discusión sobre Cuba.

Cuando Alibek preguntó de dónde los cubanos habían obtenido tanto conocimiento y capacidad, uno de los científicos le dijo: ``De nosotros, claro está''.

Después se enteró de que en 1981, en una visita a Moscú, Castro había visitado una planta de microbiología donde se utilizaba la bacteria E. coli para producir interferón, que se pensaba sería una cura del cáncer. Castro convenció a Brezhnev de que le transfiriera equipos y le prestara científicos para desarrollar su capacidad biológica, y así comenzó la industria bacteriológica en Cuba, explica Alibek.

En la entrevista, Alibek reveló que durante los años 80 Cuba envió docenas de estudiantes a la Universidad Estatal de Moscú, donde estudiaron biotecnología y microbiología.

``Los oficiales soviéticos no queríamos entregarles este secreto a los cubanos'', dice Alibek. ``Pero Brezhnev estaba enamorado de Castro''.

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