La realidad es que Castro hizo en estos diez años --a grandes
rasgos y con peculiaridades propias-- lo que hubiera hecho casi cualquiera
que tomara el poder después que él: devolver Cuba a su
dimensión real de país empobrecido latinoamericano con
desigualdades sociales, corrupción, narcotráfico, familias
mafiosas, control estatal de medios de producción, nacionalismo y
populismo exacerbado.
Seguido a la visita de Gorbachev en 1989, hubo un golpe de estado en la
isla, sólo que en este caso fue un autogolpe, y quedó
encubierto con el Caso Ochoa-De la Guardia, los altos dirigentes
conspiradores condenados por narcotráfico.
Tras el autogolpe, Cuba se condujo como los países más
pobres del Segundo Mundo. El régimen permitió la entrada de
capital extranjero, dolarizó la economía, colocó a la
``familia'' castrense al frente de las nuevas empresas y negocios. Todo
esto iba junto a la pérdida progresiva del control totalitario
sobre
la economía y la sociedad.
La desigualdad social entre los que tienen dólares y los que no
poseen la moneda verde es tan aguda como en otros países
soviéticos. La diferencia étnica y el nacionalismo que se
esgrime en esos países en Cuba se traduce con la
discriminación racial e ideológica. Los negros no
sólo
están más alejados del mundo del dólar sino que
cargan
con la culpa de todo lo que anda mal en el país, aunque no
participan en la dirección del mismo.
Esto está dicho a muy grandes rasgos, por supuesto, con todas
las
inexactitudes e injusticias propias de las generalizaciones.
Castro --contra su voluntad-- comenzó el trabajo sucio de
desovietizar el país, aunque lo ha hecho mal, sin que en ese tiempo
el régimen pudiera crear una nueva nación habitable.
Cuba es un país salido de la imaginación de un escritor
cubano hace poco más de un siglo. El escritor murió un 19 de
mayo con la satisfacción de todo hombre de pensamiento, que es la
de
haber sido, aunque sea por un momento, un hombre de acción. El
intelectual vio materializada sus ideas cuando llevó la guerra de
independencia a la isla.
Su mejor éxito literario fue la invención de Cuba y
persuadir a otros de que su ficción era una realidad posible. Desde
entonces, y sobre todo desde el 20 de mayo de 1902, los cubanos que
quieren
gobernar la isla afirman que ellos sí van a construir el
país
que inventó (o soñó) el escritor y que siempre queda
inconcluso, generalmente por la maldad de alguien al servicio de una
potencia extranjera.
Esta vez estamos un poco peor. El incumplido sueño del escritor
decimonónico ha quedado obsoleto y nadie se atreve a echarlo a un
lado. Hay que inventar un país pero no tenemos un nuevo
escritor.
Llevamos casi un siglo descabezando a nuestros mitificadores. El
proceso
de decapitación tomó carácter científico hace
40 años contra pensadores, artistas, intelecutales,
soñadores
y profetas. Hoy casi no tenemos individualidades --como las llamó
José Ortega y Gasset-- a quien recurrir para que nos invente un
nuevo país.
Es cierto que nuestros intelectuales han reinventado ese país
democrático en que queremos vivir, pero quienes lo intentan son
convertidos en héroes o mártires, no en líderes.
Desde
escritores e intelectuales como Luis Aguilar León, Heberto Padilla,
Ricardo Bofill, Tania Díaz Castro, María Elena Cruz Varela,
los firmantes de la Carta de los Diez, hasta los Cuatro de La Habana que
se
hallan en la cárcel.
Huérfanos física y espiritualmente, las potencias
extranjeras diseñan la Cuba del futuro a su antojo entre los
estertores del castrismo poscomunista. Esta actuación irresponsable
trae el peligro de que los próximos políticos vuelvan al
poder enarbolando un estúpido nacionalismo racista en el que
extranjeros y negros serán los culpables de lo malo en Cuba, y
luego
--ya en el gobierno-- culpen al enemigo externo de sus fracasos
políticos.
Hay que contratar a un escritor urgentemente, para que invente un nuevo
país. Después, con la humildad que no poseemos, con la
paciencia que nunca tuvimos, con el ímpetu que hemos perdido, con
la
resolución y determinación que nos falta, llevar su
creación a la realidad.
Imagino que el cuento del escritor será uno de esos mitos
asociados a las primitivas sociedades agricultoras en las que se celebra
la
muerte y el renacimiento, o traducirá el mito en que el
héroe, después de muchos trabajos, regresa al hogar. O
aquél de las arcaicas sociedades cazadoras en el que la
víctima se ofrece gustosa en sacrificio para proporcionar
equilibrio
social y felicidad a los demás.
Una vez soñado el nuevo país, imagino que se
comenzaría a reconstruir una débil sociedad civil, cultivar
en invernaderos --macetas de balcón, probetas de laboratorio-- una
sana burguesía, escribir algo que parezca un contrato social
civilizado al que se atengan ricos y pobres, ensayar ejercicios
económicos saludables, aumentar el marco de oportunidades para
todos, y al mismo tiempo que los más aptos progresan proporcionar
una vida decorosa para los más desaventajados de la sociedad.
Hoy 20 de mayo sería un buen día para poner un anuncio en
este periódico que diga:
``Se busca escritor para inventar país en el Caribe. Requisitos
indispensables del país: debe tener muchos derechos civiles,
bastante propiedad privada y gobierno pequeño. El escritor debe ser
bilingüe y saber usar computadoras''.
Pero, ¿serán los cubanos capaces de desechar el
sueño
obsoleto del viejo escritor? ¿Volverá a convertirse el artista
en héroe o mártir --preso o exiliado-- y el pueblo
quedará nuevamente sin líder?
No sé si alguien se atreverá a contestar este anuncio,
pero estoy seguro de que Cuba necesita con urgencia un escritor
indecapitable capaz de inventar un futuro mejor, aunque sea incierto.
Se busca escritor indecapitable