Publicado el jueves, 20 de mayo de 1999 en El Nuevo Herald

SOREN TRIFF

Se busca escritor indecapitable

Una década después de la visita de Mihail Gorbachev a Cuba, los que afirmaron que la teoría de dominó no funcionaría en la isla deben reconocer que se equivocaron. El régimen totalitario cayó de manera parecida a los del bloque soviético, aunque el gobierno que lo suplantó está dirigido por la misma persona y no ha logrado en este tiempo crear un nuevo país.

Fidel Castro --la guerra fría-- ha enseñado a amigos y enemigos a tomar el pulso al país a través de la presión arterial del dirigente, y ha creado una engañosa equivalencia. Si Castro está en el poder, todo anda igual, el día que no esté, todo cambiará. Eso no es verdad.

La realidad es que Castro hizo en estos diez años --a grandes rasgos y con peculiaridades propias-- lo que hubiera hecho casi cualquiera que tomara el poder después que él: devolver Cuba a su dimensión real de país empobrecido latinoamericano con desigualdades sociales, corrupción, narcotráfico, familias mafiosas, control estatal de medios de producción, nacionalismo y populismo exacerbado.

Seguido a la visita de Gorbachev en 1989, hubo un golpe de estado en la isla, sólo que en este caso fue un autogolpe, y quedó encubierto con el Caso Ochoa-De la Guardia, los altos dirigentes conspiradores condenados por narcotráfico.

Tras el autogolpe, Cuba se condujo como los países más pobres del Segundo Mundo. El régimen permitió la entrada de capital extranjero, dolarizó la economía, colocó a la ``familia'' castrense al frente de las nuevas empresas y negocios. Todo esto iba junto a la pérdida progresiva del control totalitario sobre la economía y la sociedad.

La desigualdad social entre los que tienen dólares y los que no poseen la moneda verde es tan aguda como en otros países soviéticos. La diferencia étnica y el nacionalismo que se esgrime en esos países en Cuba se traduce con la discriminación racial e ideológica. Los negros no sólo están más alejados del mundo del dólar sino que cargan con la culpa de todo lo que anda mal en el país, aunque no participan en la dirección del mismo.

Esto está dicho a muy grandes rasgos, por supuesto, con todas las inexactitudes e injusticias propias de las generalizaciones.

Castro --contra su voluntad-- comenzó el trabajo sucio de desovietizar el país, aunque lo ha hecho mal, sin que en ese tiempo el régimen pudiera crear una nueva nación habitable.

Cuba es un país salido de la imaginación de un escritor cubano hace poco más de un siglo. El escritor murió un 19 de mayo con la satisfacción de todo hombre de pensamiento, que es la de haber sido, aunque sea por un momento, un hombre de acción. El intelectual vio materializada sus ideas cuando llevó la guerra de independencia a la isla.

Su mejor éxito literario fue la invención de Cuba y persuadir a otros de que su ficción era una realidad posible. Desde entonces, y sobre todo desde el 20 de mayo de 1902, los cubanos que quieren gobernar la isla afirman que ellos sí van a construir el país que inventó (o soñó) el escritor y que siempre queda inconcluso, generalmente por la maldad de alguien al servicio de una potencia extranjera.

Esta vez estamos un poco peor. El incumplido sueño del escritor decimonónico ha quedado obsoleto y nadie se atreve a echarlo a un lado. Hay que inventar un país pero no tenemos un nuevo escritor.

Llevamos casi un siglo descabezando a nuestros mitificadores. El proceso de decapitación tomó carácter científico hace 40 años contra pensadores, artistas, intelecutales, soñadores y profetas. Hoy casi no tenemos individualidades --como las llamó José Ortega y Gasset-- a quien recurrir para que nos invente un nuevo país.

Es cierto que nuestros intelectuales han reinventado ese país democrático en que queremos vivir, pero quienes lo intentan son convertidos en héroes o mártires, no en líderes. Desde escritores e intelectuales como Luis Aguilar León, Heberto Padilla, Ricardo Bofill, Tania Díaz Castro, María Elena Cruz Varela, los firmantes de la Carta de los Diez, hasta los Cuatro de La Habana que se hallan en la cárcel.

Huérfanos física y espiritualmente, las potencias extranjeras diseñan la Cuba del futuro a su antojo entre los estertores del castrismo poscomunista. Esta actuación irresponsable trae el peligro de que los próximos políticos vuelvan al poder enarbolando un estúpido nacionalismo racista en el que extranjeros y negros serán los culpables de lo malo en Cuba, y luego --ya en el gobierno-- culpen al enemigo externo de sus fracasos políticos.

Hay que contratar a un escritor urgentemente, para que invente un nuevo país. Después, con la humildad que no poseemos, con la paciencia que nunca tuvimos, con el ímpetu que hemos perdido, con la resolución y determinación que nos falta, llevar su creación a la realidad.

Imagino que el cuento del escritor será uno de esos mitos asociados a las primitivas sociedades agricultoras en las que se celebra la muerte y el renacimiento, o traducirá el mito en que el héroe, después de muchos trabajos, regresa al hogar. O aquél de las arcaicas sociedades cazadoras en el que la víctima se ofrece gustosa en sacrificio para proporcionar equilibrio social y felicidad a los demás.

Una vez soñado el nuevo país, imagino que se comenzaría a reconstruir una débil sociedad civil, cultivar en invernaderos --macetas de balcón, probetas de laboratorio-- una sana burguesía, escribir algo que parezca un contrato social civilizado al que se atengan ricos y pobres, ensayar ejercicios económicos saludables, aumentar el marco de oportunidades para todos, y al mismo tiempo que los más aptos progresan proporcionar una vida decorosa para los más desaventajados de la sociedad.

Hoy 20 de mayo sería un buen día para poner un anuncio en este periódico que diga:

``Se busca escritor para inventar país en el Caribe. Requisitos indispensables del país: debe tener muchos derechos civiles, bastante propiedad privada y gobierno pequeño. El escritor debe ser bilingüe y saber usar computadoras''.

Pero, ¿serán los cubanos capaces de desechar el sueño obsoleto del viejo escritor? ¿Volverá a convertirse el artista en héroe o mártir --preso o exiliado-- y el pueblo quedará nuevamente sin líder?

No sé si alguien se atreverá a contestar este anuncio, pero estoy seguro de que Cuba necesita con urgencia un escritor indecapitable capaz de inventar un futuro mejor, aunque sea incierto.

Copyright 1999 El Nuevo Herald