El problema racial cubano
¿Será necesario resucitar el Partido de los Independientes de Color?
Las palabras de Martí quedaron para la posteridad, o sea, para cuando los políticos necesitan tapar con demagogia el racismo que no combaten por ningún medio. Hombre es más que blanco, más que mulato, más que negro. Se sobreentiende que si Martí sabía que hombre es más que un color, eso basta para que en Cuba se acabara el racismo el mismo día que salió el número de Patria en que nos lo decía. Pero lo realmente triste es que el recuerdo de la Guerra del Doce (ese episodio bélico es conocido como la Guerrita del Doce, pero yo le retiro el diminutivo en señal de protesta, hasta que se le dé el mismo trato, por ejemplo, a la guerrita de los seis días) ha estado a punto de desaparecer, si no lo hubiera salvado un minúsculo grupo, formado en su mayoría por participantes y sus parientes.
Cuando pienso en el tiempo que transcurrió desde que Martí publicó su artículo hasta que se alzaron los negros en el año 12, me pregunto: ¿Pudo cambiar tanto la situación social del negro, y el trato que la (blanca) sociedad le dispensaba, para que en 19 años se pasara de un estado de seguridad en que no surgirían conflictos raciales, a una guerra civil étnica? Pero, ¿qué son 19 años en la historia de un colectivo humano? Los cuatro indios que había en la Isla se demoraron mucho más de ese tiempo en desaparecer, a pesar del esmero que ponían los españoles en liquidarlos para poder traer negras con que fabricar mulatas.
Queda entonces pensar que las palabras de Martí no fueron todo lo exactas que él acostumbraba. ¿Por ingenuidad o por interés? Cada cual puede escoger la carta que más le guste. Sólo les recuerdo la cubana costumbre de acordarse de San Negro cuando truena. Con esos antecedentes, me inclino por que no fue de ingenuo que pecó el Apóstol; lo cual no quiere decir que haya sido de mala fe. Simplemente antepuso el problema de la independencia a la solución del problema racial.
Pero lo malo de los próceres es la orquesta de seguidores que dejan tras sí; en la mayoría de los casos totalmente desafinada. No obstante, algo se ha adelantado en Cuba. Ciento cinco años después de las palabras martianas, hoy se podría asegurar, y quizás seríamos más exactos que la primera vez, que en Cuba no hay temor a la guerra de razas. Lo triste es que tal afirmación no se sustenta en el avance de los dependientes de color (y no precisamente dependientes en una farmacia o una cafetería), sino a la indiferencia con que los negros y mulatos se desmarcan de los discursos políticos.
Ya no tenemos los sueños de nuestros abuelos. Ahora sabemos que el poder es cosa de blanquitos, y nos desentendemos de sus tejemanejes. Que no cuenten con nosotros para que hagamos el peón en su partida de ajedrez, a no ser que podamos llegar a la última fila y metamorfosearnos en piezas de mayor valor.
Claro que, ¿cómo podemos estar seguros de que no nos encantarán como serpientes para que participemos del juego, y una vez estemos colocados para el inicio, cataplán, la apertura africana otra vez? Hablando con rigor, no podemos.
Y es que, aunque desde 1912 ha transcurrido mucho tiempo siguen siendo
poco para la historia de un país. Es muy probable, más bien
debería decir que es seguro, que las mentalidades de las gentes
hayan cambiado. Si es así, es tan poco lo avanzado que, aplicando
una sencilla fórmula aritmética, podemos deducir el total de
generaciones necesarias para vencer en esta titánica batalla: se
han dado unos tres o cuatro pasos, digamos cuatro, en 86 años. Si
nos faltan 20 pasos más (calculando por lo bajísimo), nos
llevarán 430 años, en un cálculo optimista.
El autor reside en Miami.
Copyright © 1998 El Nuevo Herald