¿Será acaso que, ``por ser inferiores'', se les da algo que
no merecen como ciudadanos y que, por ello, deben de ser doblemente
fieles?
En este punto aparecen las posiciones, con sus matices, de los negros
formados en los marcos del tipo de discriminación propia de la era
precastrista. Y, de paso, introduzco mi discrepancia con el amigo y
compatriota Alberto Jones, en su artículo Un hito en la lucha
contra el racismo (El Nuevo Herald, Opiniones, jueves 12 de noviembre de
1998.) Según Jones, ``el resurgimiento de vestigios de racismo
generó violentas recriminaciones en muchos participantes en la
conferencia'' (Miami-USA/Cuba, Una Nueva Visión, celebrada en Miami
el 31 de octubre por el Centro de Política Internacional). Y agrega
Jones: ``Pero de ahí a inferir o estructurar el análisis de
este grave problema como privativo o estimulado por el actual gobierno, no
sólo es falso, es cruel. La verdad absoluta es que los afrocubanos
han avanzado más en los últimos 40 años que en los
500 años anteriores''.
Aquí aparece el sentimiento de agradecimiento incluso en un
negro exilado. El análisis de tal actitud es clave. A pesar del
avance en cuanto a las posibilidades de formación, aún la
universidad no es tan negra como el por ciento de este grupo poblacional y
hasta ahora no veo un estudio y una política al respecto.
Ultimamente las universidades se blanquean más que se oscurecen. La
pregunta es necesaria, y su respuesta indica qué entendemos por los
derechos ciudadanos en la sociedad moderna; ¿deben los negros
comportarse como si el derecho a la igualdad en libertad, ganado por sus
antepasados en dos guerras donde pusieron mayoritariamente el pecho y la
vida, fuera algo inmerecido que hay que agradecer como los creyentes
agradecen a Dios hasta las desgracias?
¿Son los negros ciudadanos, siervos o una casta execrable de
intocables? Sus ancestros hicieron tres veces al país con el
trabajo no retribuido, el aporte cultural y el bautizo de la sangre. No le
deben nada a nadie, se les debe. Aún hay muchos derechos que
exigir. La ideología del sumiso esclavo doméstico ante el
amo que lo salva de los rigores del barracón y el cañaveral,
aunque no de la esclavitud, resurge, muta, alimentada por el estado
patrón e inconscientemente asumida por muchos. En Cuba no hay un
``resurgimiento de los vestigios del racismo'', como expresa Jones, nunca
fue esencialmente erradicado. Hay un detalle nimio. El castrismo ejerce el
poder ejecutivo, judicial y legislativo sin oposición y es,
además, omnipropietario. Aunque el racismo y la
discriminación no son privativos del actual gobierno, el hecho de
ejercer el poder totalitariamente por 40 años lo hace totalmente
responsable de lo que al respecto ocurra en estos momentos en la isla. Si
no hay negros en el área laboral donde se accede a los
dólares, es el gobierno quien suministra los empleados. Si la
policía los molesta más que a los blancos, es el gobierno
quien los entrena y emplea. Si le preocupa puede evitarlo. Que legisle y
actúe. La crueldad que me preocupa --Jones dice que responsabilizar
al gobierno es cruel-- no es la de la opinión que confronta al
poder. Me preocupa la crueldad del poder que se abstiene de actuar para
corregir injusticias mientras encarcela ilegalmente a sus ciudadanos por
expresar opiniones en público.
En el evento al que se refiere Jones fui de los que confrontó,
respecto a la discriminación racial, al reverendo Raúl
Suárez, diputado a la Asamblea Nacional del Poder Popular. Este
dirige, además, el Centro Martin Luther King, institución
oficial u oficiosa, precisamente en el país con la peor
situación de derechos civiles y políticos del hemisferio. No
sé si Alberto Jones se refiere a eso cuando habla de crueldad hacia
el gobierno por parte de algunos de los participantes. Incongruencias
éticas como ésa deben ser confrontadas en cualquier sitio; a
no ser que se tenga mentalidad de calesero.
Lugar común racial
Copyright © 1998 El Nuevo Herald