La pobreza y la falta de recursos no son justificaciones para no
albergar a la población en lugares seguros, escuelas y edificios
públicos. Cuba está más falta de recursos que la
República Dominicana y el gobierno de Castro, capaz de, a largo
plazo, matar a la población cubana de hambre, se movilizó y
albergó a la gente en lugares seguros. Digamos que Castro tiene
sentido de lo espectacular y extraordinario, o lo que sea; igual que en
República Dominicana, en Cuba se perdieron las cosechas --si es que
había cosechas--, pero no pereció prácticamente nadie
(dos electrocutados), mientras que en Quisqueya tal parece que hubiera
ocurrido una matanza que bordea la dimensión de genocidio.
Hay demasiadas responsabilidades a cuenta del gobierno. En la larga
historia de censura de prensa de la dictadura castrista, no recuerdo casos
de censura a los partes meteorológicos. En Santo Domingo vimos a un
jefe de la defensa civil, el señor Elpidio Báez, que censura
dichos partes para evitar el pánico; a un mismo jefe de la defensa
civil que horas antes de llegar el huracán afirmaba en
público que éste pasaría a doscientos
kilómetros de la isla, a una policía que no permite que la
población se refugie en edificios públicos y que hasta
dispara para impedirlo; a unos funcionarios que, sin avisar a los
pobladores, abren las compuertas de una represa cuya agua sepulta tres
poblados y sus habitantes porque no fueron previamente evacuados. Esas
muertes las causó el desgobierno y la insensibilidad humana, no el
huracán Georges.
Se comprende que el gobierno dominicano no tenga un plan integral para
hacerlo funcionar en el caso de un ataque atómico, pero que siendo
una isla caribeña no tenga un plan efectivo para aplicarlo en caso
de huracanes, es algo inconcebible. El resultado es esa cifra espeluznante
de muertos y desaparecidos, los mismos que en las elecciones votaron con
la esperanza de tener un gobierno con un mínimo de
responsabilidad.
El gobierno dominicano ha mostrado capacidad de previsión en
otras ocasiones. Cuando la reciente visita de Castro no olvidaron detalle
alguno. Era responsabilidad del gobierno la seguridad de su invitado, y
esto no es criticable; pero reunir a los desamparados y pagarles para que
dieran vítores al dictador era algo que estaba por encima de la
responsabilidad de proteger al dictador, lo mismo que dejar en manos de la
seguridad cubana la tarea de registrar los equipajes en el aeropuerto. Por
razón humanitaria hubiera entendido que ante esta amenaza natural
hubieran pedido ayuda a Cuba, a Estados Unidos, al infierno mismo, para
evitar las muertes que ahora presenciamos. Pero parece que a Leonel
Fernández le interesa más entregarle las llaves de la
capital a un dictador que proteger la vida de los ciudadanos del
país que preside. Para entregar las llaves de Santo domingo,
presente; pero no para evitar que unos infelices que viven en las casuchas
del hambre y la pobreza no mueran ahogados como hormigas.
República Dominicana, Cuba y Haití necesitan ayuda, y es
hora de que abandonemos esa solidaridad nacional o étnica y donemos
lo más que se pueda para los tres países. En otras
circunstancias Castro hubiera reducido la magra cuota de los cubanos para
hacer política solidaria en Santo Domingo, ahora --que es un
pedigüeño y un damnificado del programa de alimentos de
Naciones Unidas-- no puede hacerlo. Además de ser una buena
acción, ocuparle ese espacio es algo inteligente.
Respecto a República Dominicana, es de lamentar que hoy tenga
semejante gobierno, porque Leonel Fernández significó una
esperanza para un pueblo que ha luchado con tremenda fe para perfeccionar
su democracia. Los dominicanos no se merecen semejante desidia. Aún
no hemos visto renuncias de funcionarios, ni los parlamentarios han
interpelado al presidente. El señor Báez tiene buenos
padrinos, aún está en su puesto. Esos muertos, pobres o
infelices, merecen al menos una rendición de cuentas y
depuración de las responsabilidades correspondientes. El trato que
Fernández dio a Castro mostró insensibilidad ante la
tragedia del pueblo cubano. El huracán Georges muestra otra faceta,
la insensibilidad hacia su propio pueblo.
Georges, Castro y Leonel Fernández
Copyright © 1998 El Nuevo Herald