Publicado el lunes, 23 de marzo de 1998 en El Nuevo Herald

ENRIQUE PATTERSON

Cómo mover el tablero

¿Sirven de algo las concesiones sin contrapartida estadounidenses al régimen cubano, aparte de para afianzar un sistema despótico y discriminador como no había conocido el mundo civilizado?

Lluevo sobre mojado. ``Que Cuba se abra al mundo; que el mundo se abra a Cuba''; con estas palabras Juan Pablo II, a pesar de sus críticas, le hacía todo un homenaje a Estados Unidos. El primer término, ``que Cuba se abra a el mundo'': la isla, como nunca antes en su historia, tiene relaciones hasta con el planeta Marte, y el régimen de La Habana busca inversionistas de Groenlandia a Nepal para que inviertan en asociación con el estado. Más que hacia el mundo Cuba necesita abrirse a Cuba, permitiendo que los cubanos entren en contacto con el ``mundo'' sin intermediarios. ``Que el mundo se abra a Cuba'' sugiere que la comunidad internacional le ha cerrado las puertas a la isla, cuando en verdad eso sólo ocurre respecto a Estados Unidos. Juan Pablo sugirió --en tal expresión-- que ``el imperio'' es ``el mundo''. Espero que se le agradezca el homenaje.

La expresión, sin embargo, sirvió para animar la discusión entre las dos tendencias en que se debate la política norteamericana respecto a Cuba; algo en sí positivo si no fuera porque el exilio cubano también se debate entre esas posiciones: apretar más el embargo o levantarlo.

Los primeros creen que el régimen cubano se derrumbará con un apretón mayor en las clavijas, cuando hasta ahora se ha demostrado que su régimen vive de las confrontaciones, reales o imaginarias, y que son los cubanos de a pie quienes sufren la escasez más los embates de la represión. El bando opuesto asume que el panorama cambiará cuando el embargo se levante, pues la hostilidad de Estados Unidos genera un ambiente más represivo. Pareciera que el régimen cubano no es hostil por naturaleza, y que todos los gobiernos tratan a sus ciudadanos como indios encomendados o como esclavos porque tengan una discrepancia con un gobierno extranjero. Ambas tendencias, incluido el gobierno de La Habana, parten de un fundamento común: la naturaleza del estado cubano y la forma de gobierno dependen de una acción política de Estados Unidos. Peculiar nacionalismo éste, siempre definido en función de, y pendiente de, los americanos.

Cuando un estado invierte demasiado en una política, aunque sea errónea, no la cambia bruscamente sin una ``razón de estado'' de cierto peso. De levantarse el embargo de manera incondicional, dada la política interior cubana, estaríamos ante el hecho de que el capital norteamericano sería cómplice de un sistema de semiesclavitud moderna, pues el ciudadano de la isla no puede contratarse sino a través del estado, que cobra su salario en dólares a cambio de un estipendio en moneda nacional. El trabajador cubano no es un libre asalariado en el sentido económico del término, sino un objeto que el estado alquila.

Los inversionistas serían cómplices de la violación del derecho de asociación, pues sus empleados están impedidos de organizarse en los sindicatos de su gusto. El capital foráneo, americano en este caso, devendría secuaz de discriminación --incluso racial-- en el empleo. Por ejemplo, en el hotel creo que ahora llamado Sol Meliá (antes Habana Libre, antes Habana Hilton), con tremenda desfachatez y con la complicidad del gobierno ya no contratan empleados negros --al menos en las posiciones que se relacionan con el público-- por temor de que la población negra --por el cambio de color de un tono más verdoso en los bolsillos-- se reduzca. Sugiero un nuevo bautismo para el sitio; hotel Habana Apartheid.

Esta antinomia política debe tener una salida, por inmovilista. Primero, el levantamiento del embargo no puede ser incondicional, en política todo está condicionado. Segundo, si en Cuba hay elecciones libres y apertura es un problema de los cubanos; la política norteamericana debiera dirigirse a que se den los mínimos cambios que permitan a los cubanos el espacio suficiente para luchar por sus derechos. Las libertades se conquistan mediante la lucha política, no pueden ser un regalo de un congreso extranjero. Estados Unidos puede hacer algo importante, y mínimo, a favor de los cubanos, ofreciendo levantar el embargo sin poner condiciones políticas pero sí de otro orden: que Cuba no interfiera en la contratación de los trabajadores en esas empresas, como que tampoco cobre en dólares el salario de los mismos, ni impida que negocien organizados sus convenios laborales. Que el capital estadounidense no invierta asociado con el estado y que los cubanos tengan derechos a invertir y tener propiedad en la misma condición y con el mismo régimen de impuestos que los extranjeros. Para mejorar la relación con el exilio, que ninguna persona nacida en Cuba tenga que solicitar una visa para visitar su país y autorización para salir.

En fin, más allá de la naturaleza del régimen político, Cuba debe cumplir los tratados internacionales que ha firmado, de modo que el capital no sea cómplice de esas violaciones. Los Principios Arcos esbozan una política de ese corte. Eso permitiría una convergencia de Estados Unidos y de la comunidad internacional en un punto medio, pero efectivo, respecto a Cuba. Me temo que el gobierno de La Habana no lo aceptará. Si los cubanos de la isla disfrutan de ese espacio, que considero precario, el totalitarismo durará lo que un merengue en la puerta de un colegio. Por suerte, somos un país de Occidente.


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