Publicado el martes, 21 de julio de 1998 en El Nuevo Herald

ANDRES HERNANDEZ ALENDE

Un crimen impune

La masacre del remolcador 13 de Marzo debió ser un golpe en la conciencia internacional en cuanto a la magnitud de los crímenes de Castro. No ha sido así. El asesino sigue siendo una figura popular y pintoresca, y Cuba, un barato prostíbulo.

Cuatro años después del hundimiento del remolcador 13 de Marzo, frente a La Habana, tragedia en la que murieron 37 personas, entre ellas 10 niños, el crimen sigue en la más perfecta impunidad. Los responsables de la masacre --las autoridades cubanas y un grupo de canallas en la nómina de la empresa naviera Caribe-- no han ido a ningún tipo de juicio. Pienso que se acuestan a dormir todas las noches con la conciencia tranquila. Es posible que algunos de los asesinos, con el cerebro ya embotado tras varias libaciones en una piloto (el índice de alcoholismo en Cuba es desproporcionado), recuenten la matanza como si se tratara de una gloriosa hazaña naval.

Pero no hubo gloria, sino todo lo contrario. El relato de los sobrevivientes manifiesta la crueldad de los perseguidores y su bajeza, cómo agredieron al 13 de Marzo a pesar de que era visible que había niños a bordo, cómo lo embistieron y por fin lo echaron a pique, con varias personas atrapadas en la bodega. Los gritos de horror de esos infelices cuando sentían que la embarcación se hundía en la oscuridad debieron haber retumbado en todo el mundo. No ha sido así.

La vorágine de la indiferencia también se tragó al 13 de Marzo. Vivimos en un mundo donde la denuncia de los atropellos se ha hecho selectiva, cuestión de moda. La popularidad de Fidel Castro y su proyecto nacional naufraga, pero la opinión pública internacional ha sido relativamente generosa en su visión del régimen de la isla. Sencillamente, pocas veces ha estado de moda criticar enérgicamente al castrismo. Primero, el mundo angustiado vislumbró en Cuba el plan de la construcción de una sociedad igualitaria, libre de las contradicciones y las injusticias del capitalismo. Luego, cuando se desplomó el bloque del Este, al revelarse que el modelo era una farsa, la imagen de la isla que se ha impuesto es la de un paraíso tropical gobernado por un dictador pintoresco y meditabundo que se codea con la clase política europea, un centro de turismo sexual donde se puede dar rienda suelta a la lujuria con un gasto ínfimo para el bolsillo, y un terreno propicio para inversionistas audaces que quieren ganar mucho, en poco tiempo, y gastar poco. De proyecto de la igualdad del futuro, Cuba se ha convertido en zoco del capitalismo salvaje; de arquitecto de ese proyecto, Castro se ha rebajado al papel de gerente del bazar.
En un documental trasmitido recientemente en la televisión, con los desconchados edificios del Malecón habanero como escenario de una de las borracheras colectivas que de vez en cuando organizan las autoridades cubanas para entretener a la chusma, un joven embriagado y sin camisa grita desaforadamente: ``¡Esto es Cuba, mi hermano! ¡El país más rico del mundo!'' Pero resulta que muchas veces, a los que intentan huir del país más sabroso del mundo los aguarda la muerte, como pasó con los fugitivos del 13 de Marzo, como ocurrió en incontables ocasiones en el éxodo de los balseros, como ha sucedido a lo largo de cuatro décadas en las aguas del Estrecho de la Florida patrulladas por las nefastas torpederas cubanas. Desafortunadamente, esas historias de horror no encajan en la visión publicitaria de los medios ni en los planes de los que buscan un nuevo Eldorado o un nuevo Bangkok en el Caribe. Los relatos trágicos ceden su lugar a las anécdotas de ganancias fáciles y pecados baratos en las calles de La Habana.

El régimen cubano ha alentado el exagerado nacionalismo que grita a voz en cuello el joven descamisado en el Malecón. Para Octavio Paz, el nacionalismo era una aberración moral. Pero al castrismo le ha servido de coartada y a la vez de mecanismo para perpetuar su poder: trató de confundir el Estado con la Patria, la lealtad al país donde se nace con la lealtad a su gobierno. La propaganda constante de esa confusión generó la idiotización colectiva y el fanatismo. Si para los cubanos es una vergüenza que el despotismo dure cuatro décadas, también debe ser vergonzoso que perduren la obediencia servil y el fanatismo cuando ya es evidente el fracaso del sistema, su intrínseca iniquidad. Ese fanatismo que, al caer a sus niveles más siniestros, produce criminales como los que asesinaron a los fugitivos del 13 de Marzo en una noche terrible, hace cuatro años.


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