Publicado el domingo, 22 de marzo de 1998 en El Nuevo Herald

CARLOS ALBERTO MONTANER

La más extraña universidad del planeta

En la Universidad Francisco Marroquín, en Guatemala, se puede estudiar de todo libremente, pero eso sí, es obligatorio que todo estudiante tome cursos especiales sobre economía de mercado y que aprenda bien cómo crean las riquezas los países. América Latina debería tener muchas universidades como ésta.

Madrid-- No creo que exista otra universidad en el mundo como la guatemalteca Francisco Marroquín. Al menos, no la conozco. Su fundación se debe a una especie de silogismo formulado por el ingeniero Manuel Ayau, el ``Muso'' para sus amigos: ``Los fracasos de la sociedad se derivan del sostenimiento de las ideas y las actitudes equivocadas, especialmente entre la clase dirigente; el centro de difusión de esas ideas y actitudes equivocadas suele ser la universidad oficial; pero como la experiencia demuestra que es prácticamente imposible reformar los centros universitarios oficiales --dada la feroz resistencia de profesores y estudiantes, a lo que se suma la parálisis de los políticos--, hay que crear una universidad privada que eduque a la clase dirigente en las ideas y actitudes correctas, de manera que los efectos de este cambio en la cosmovisión de los grupos dominantes se filtre en cascada y termine por beneficiar al conjunto de la población''.
Así de simple. Una vez establecido el axioma quedaba por definir cúales eran esas ideas y actitudes ``correctas''. Algo no muy difícil de precisar para una persona absolutamente lógica como Ayau: las que han hecho prósperas a las primeras veinte naciones del planeta. Las que potenciaron la milagrosa recuperación de ciertos países tras la devastación de la Segunda Guerra Mundial. Las que colocaron en el pelotón de avanzada a media docena de pueblos asiáticos que en 1950 estaban más atrasados que Guatemala. No había otro secreto que la libertad. La libertad económica y la libertad política, pues una y otra van firmemente asidas de la mano.

En la Universidad Francisco Marroquín --el nombre lo tomaron de un obispo de la época colonial interesado en los temas educativos-- uno puede graduarse de Medicina, de Arquitectura, de Teología o de otra media docena de especialidades, pero como parte inesquivable del programa tiene que aprender los fundamentos de la economía de mercado y las bases del sistema democrático. Hay que estudiar a Mises y a Hayek, a Erhard y a Hazlitt, a Buchanan y a Becker. El propósito es graduar buenos dentistas o buenos abogados, pero también que nadie egrese de la Universidad sin saber con bastante precisión cómo se crea la riqueza, cómo se malgasta y qué debe hacer la sociedad para abandonar su secular postración. A quienes han pasado por esas aulas no pueden darles gato por liebre. Son totalmente inmunes a la demagogia y a las simplificaciones populistas. He visto a esos estudiantes debatir apasionadamente, y ninguno se succiona el pulgar.

La ``filosofía'' de la universidad también está relacionada con el mercado. Para Ayau --ya retirado-- y para quienes le han seguido en la tarea, la Marroquín es una empresa que vende a un alto precio un servicio de mucha calidad (educación superior) a unos consumidores (los estudiantes y sus familias), en una difícil competencia, dado que hay disponibles otras ofertas prácticamente gratis. La Universidad de San Carlos --la pública-- cuesta algo así como veinte dólares al año, mientras la Marroquín, por su parte, exige varios millares.

¿Por qué pagar miles por un servicio que se puede obtener sin costo? Porque la universidad pública es, en general, un verdadero desastre. Los profesores y los estudiantes suelen estar más interesados en cambiar el panorama político que en enseñar, aprender o investigar. El ausentismo de unos y otros es altísimo. La falta de rigor en las clases es casi total. El nivel académico, bajísimo. El promedio de tiempo que emplean los estudiantes en alcanzar una mediocre licenciatura es de ocho años. Cuando obtienen sus títulos no están preparados para desempeñar las profesiones elegidas. Más que un centro de formación, la universidad pública es un especie de tertulia infinita. Un aparcadero, una inútil estación de espera en la que transcurre la primera juventud al arrullo de unos polvorientos textos marxistas recitados en un tono generalmente rencoroso por profesores sin gloria ni imaginación.

De alguna manera, este diagnóstico de los males que aquejan a la educación universitaria pública de Guatemala --y de toda América Latina-- fue, por la otra punta, lo que determinó la ``filosofía'' pedagógica de la Marroquín. Allí los profesores no tienen tenior o permanencia. Sus contratos se renuevan año tras año de acuerdo con los resultados de su esfuerzo. El que es competente, se queda y asciende. El que fracasa, como en cualquier trabajo, tiene que marcharse. Y con los estudiantes sucede lo mismo: el que no da la talla, o el que no cumple con sus compromisos académicos, se expone a la expulsión. Tampoco se permiten huelgas, pintarrajear las paredes o quemar autobuses para protestar contra el aumento del pan. Eso es una universidad, no un sindicato, un partido político o un parlamento. Tampoco es una institución democrática. Se trata de una empresa de servicios que establece unas condiciones por las que las partes se obligan a una cierta manera de hacer las cosas. La vinculación es voluntaria, pero el que ingresa debe acatar las reglas.
Hace un par de meses tuve el privilegio de pasar una semana dictando conferencias en la Marroquín. Como el tema era libre, elegí varios capítulos de una interpretación un tanto heterodoxa de la historia de América Latina que, cuando la termine, a fines de este año, llevará el lascasiano título de Brevísima relación de la construcción de las Indias. Ignoro, naturalmente, cómo fue la experiencia de los estudiantes. Para mí, en cambio, fue magnífica. Me encantaron el campus hermoso, bien diseñado, ordenado, la biblioteca inteligentemente surtida, la actitud interesada de estudiantes y profesores. Vi algo que es muy extraño en América Latina: una verdadera comunidad académica. Gentes ilusionadas por lo que enseñan y por lo que aprenden.

Rara cosa. En América Latina hay problemas muy graves, pero tal vez ninguno sea más viejo, terco y resistente que el de la educación superior. Hace cuatrocientos años que tenemos universidades y por ellas han pasado millones de estudiantes sin que nuestras sociedades hayan sido capaces de ocupar el lugar a que debieran aspirar en el concierto de las naciones. Creo que valdría la pena examinar muy de cerca lo que están haciendo estos guatemaltecos. A mí me parece, francamente, una palabra que asustaría al ``Muso'' Ayau: lo que ahí se hace es revolucionario.

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