|
Madrid-- No creo que exista otra universidad en el mundo como la
guatemalteca Francisco Marroquín. Al menos, no la conozco. Su
fundación se debe a una especie de silogismo formulado por el
ingeniero Manuel Ayau, el ``Muso'' para sus amigos: ``Los fracasos de la
sociedad se derivan del sostenimiento de las ideas y las actitudes
equivocadas, especialmente entre la clase dirigente; el centro de
difusión de esas ideas y actitudes equivocadas suele ser la
universidad oficial; pero como la experiencia demuestra que es
prácticamente imposible reformar los centros universitarios
oficiales --dada la feroz resistencia de profesores y estudiantes, a lo
que se suma la parálisis de los políticos--, hay que crear
una universidad privada que eduque a la clase dirigente en las ideas y
actitudes correctas, de manera que los efectos de este cambio en la
cosmovisión de los grupos dominantes se filtre en cascada y termine
por beneficiar al conjunto de la población''. En la Universidad Francisco Marroquín --el nombre lo tomaron de un obispo de la época colonial interesado en los temas educativos-- uno puede graduarse de Medicina, de Arquitectura, de Teología o de otra media docena de especialidades, pero como parte inesquivable del programa tiene que aprender los fundamentos de la economía de mercado y las bases del sistema democrático. Hay que estudiar a Mises y a Hayek, a Erhard y a Hazlitt, a Buchanan y a Becker. El propósito es graduar buenos dentistas o buenos abogados, pero también que nadie egrese de la Universidad sin saber con bastante precisión cómo se crea la riqueza, cómo se malgasta y qué debe hacer la sociedad para abandonar su secular postración. A quienes han pasado por esas aulas no pueden darles gato por liebre. Son totalmente inmunes a la demagogia y a las simplificaciones populistas. He visto a esos estudiantes debatir apasionadamente, y ninguno se succiona el pulgar. La ``filosofía'' de la universidad también está relacionada con el mercado. Para Ayau --ya retirado-- y para quienes le han seguido en la tarea, la Marroquín es una empresa que vende a un alto precio un servicio de mucha calidad (educación superior) a unos consumidores (los estudiantes y sus familias), en una difícil competencia, dado que hay disponibles otras ofertas prácticamente gratis. La Universidad de San Carlos --la pública-- cuesta algo así como veinte dólares al año, mientras la Marroquín, por su parte, exige varios millares. ¿Por qué pagar miles por un servicio que se puede obtener sin costo? Porque la universidad pública es, en general, un verdadero desastre. Los profesores y los estudiantes suelen estar más interesados en cambiar el panorama político que en enseñar, aprender o investigar. El ausentismo de unos y otros es altísimo. La falta de rigor en las clases es casi total. El nivel académico, bajísimo. El promedio de tiempo que emplean los estudiantes en alcanzar una mediocre licenciatura es de ocho años. Cuando obtienen sus títulos no están preparados para desempeñar las profesiones elegidas. Más que un centro de formación, la universidad pública es un especie de tertulia infinita. Un aparcadero, una inútil estación de espera en la que transcurre la primera juventud al arrullo de unos polvorientos textos marxistas recitados en un tono generalmente rencoroso por profesores sin gloria ni imaginación.
De alguna manera, este diagnóstico de los males que aquejan a la
educación universitaria pública de Guatemala --y de toda
América Latina-- fue, por la otra punta, lo que determinó la
``filosofía'' pedagógica de la Marroquín. Allí
los profesores no tienen tenior o permanencia. Sus contratos se renuevan
año tras año de acuerdo con los resultados de su esfuerzo.
El que es competente, se queda y asciende. El que fracasa, como en
cualquier trabajo, tiene que marcharse. Y con los estudiantes sucede lo
mismo: el que no da la talla, o el que no cumple con sus compromisos
académicos, se expone a la expulsión. Tampoco se permiten
huelgas, pintarrajear las paredes o quemar autobuses para protestar contra
el aumento del pan. Eso es una universidad, no un sindicato, un partido
político o un parlamento. Tampoco es una institución
democrática. Se trata de una empresa de servicios que establece
unas condiciones por las que las partes se obligan a una cierta manera de
hacer las cosas. La vinculación es voluntaria, pero el que ingresa
debe acatar las reglas.
Rara cosa. En América Latina hay problemas muy graves, pero tal
vez ninguno sea más viejo, terco y resistente que el de la
educación superior. Hace cuatrocientos años que tenemos
universidades y por ellas han pasado millones de estudiantes sin que
nuestras sociedades hayan sido capaces de ocupar el lugar a que debieran
aspirar en el concierto de las naciones. Creo que valdría la pena
examinar muy de cerca lo que están haciendo estos guatemaltecos. A
mí me parece, francamente, una palabra que asustaría al
``Muso'' Ayau: lo que ahí se hace es revolucionario.
Copyright © 1998 El Nuevo Herald
|