Publicado el lunes, 7 de junio de 1999 en El Nuevo Herald

ENRIQUE PATTERSON

Mandela y Castro

El triunfo del Congreso Nacional Africano (ANC) en las recientes elecciones sudafricanas era algo esperado. Sin embargo, suponiendo que todas las encuestas sobre las intenciones de voto y la opinión de los analistas hubiesen errado en el pronóstico, eso no quita ni un ápice a la estatura que, con estas elecciones, alcanza Nelson Mandela. El líder y primer presidente de la Sudáfrica democrática se retira como lo prometiera, terminado su primer mandato.

Mandela y Castro son las figuras políticas que han estado bajo permanente escrutinio de la prensa y la opinión pública desde los años sesenta. La atención se justifica por la presencia de ambos en la arena pública desde fines de los años cincuenta y principios de la década del sesenta, en el poder Castro ya por cuarenta años y en la cárcel Mandela y ahora que se retira con cinco años en el poder. Ambos se presentaron en la arena pública como esclavos de un sueño; eliminar el apartheid y democratizar a Sudáfrica en el caso de Mandela, restablecer una constitución violada y profundizar la democracia en el caso de Castro. Ambos usaron los juicios que los presentaban ante el mundo y la historia como un gran advertising, para hacer públicos sus objetivos y vender sus sueños.

En términos realistas Mandela presentó un proyecto al parecer irrealizable, y en la mentalidad de los racistas sudafricanos y sus mundiales admiradores acaso hasta irrisorio. Castro, al contrario, prometió algo para lo que la sociedad estaba preparada: restaurar la democracia y profundizarla. Mandela les parecía a muchos un demente; Castro, la promesa que los criollos estaban buscando desde que perdieron el serio liderazgo de mediados del siglo XIX, para sustituirlo en el XX por una caterva de farsantes.

Los racistas sudafricanos acusaron a Mandela --lo mismo que en su tiempo el gobierno de Batista a Castro-- de comunista. Lo curioso es que tanto uno como el otro lo negaron enfáticamente y, además, la historia y la vida les dieron a ambos la oportunidad de demostrar si eran los demócratas y constructores que se decían ser o unos demagogos ansiosos de poder y de oprimir. Mandela tenía los pronósticos en su contra, dado que en Africa los líderes que una vez lucharon por la independencia de sus pueblos después se convirtieron --como Sekou Touré-- en dictadores despreciables, ególatras y asesinos. Además, en el caso sudafricano, era probable que un líder revanchista hubiera encontrado el apoyo de la mayoritaria población negra, resentida por las ignominias que los blancos racistas les hicieron pasar en su propia tierra.

Mandela no excluyó la alianza con cualquier fuerza política que compartiera el ideal de eliminar el apartheid --los comunistas sudafricanos incluidos--, pero se pronunció como un admirador del parlamentarismo inglés, el multipartidismo y del principio un hombre un voto. Tal credo lo tuvo por casi tres décadas en la cárcel.

Mientras Mandela estaba en la cárcel Castro gobernaba y, con el tiempo, reconoció que había mentido --``en silencio ha tenido que ser''-- y que consideraba la democracia como una ``demoporquería''. Sus cuarenta años de gobierno no han creado una Cuba mejor, el país es hoy un estado policiaco y hambriento que, además, ha instaurado una peculiar forma de apartheid, el turístico. Mandela llegó al poder en elecciones democráticas, consideró que un solo mandato presidencial ha sido suficiente para implantar los principios que proclamó en el juicio. Retirándose voluntariamente del poder, en la cima de su fama, admirado y respetado por su pueblo y el mundo, alcanza la cúspide de su estatura moral.

Demás está decir que las democracias parlamentarias --el sistema sudafricano lo es-- no plantean los problemas de reelección de las presidenciales. El parlamentarismo permite al líder del partido ganador permanecer en el poder mientras tenga suficientes votos en el parlamento. Mandela podía permanecer de por vida en el poder sin arriesgar sus credenciales democráticas, se retira para ser consistente con sus promesas y para sentar un precedente para sus sucesores.

Además, demuestra lo intrínseco de su naturaleza: le interesa el bien de Sudáfrica, no su persona; la democracia, no su poder personal; el respeto, no el miedo; la reconciliación, no el odio; la construcción de la nación, no su destrucción. Ha apostado --como Desmond Tutu-- por el liderazgo moral por encima del poder político.

Tanto Mandela como Castro son grandes políticos, y los políticos se definen por la relación que tienen con el poder y lo que hacen con éste cuando lo adquieren.

No todos los políticos, incluso los más hábiles, son grandes hombres. Cuando ambas cosas coinciden son recordados con amor, el poder es en estos casos un medio más que un fin en sí mismo. Más allá de la habilidad política en los hombres como Mandela hay una gran fibra moral, algo que no se ve a menudo en los políticos. A Mandela le sobra lo que a Castro le falta. Mandela ya ha sido coronado por su tiempo mientras Castro espera la absolución que ni el presente, la historia ni el más allá están dispuestos a otorgarle.

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