Esto coincidía con la declaración mentirosa de Castro
durante la Cumbre Iberoamericana de Oporto de que nunca había
espiado instalaciones militares de Estados Unidos, sino los planes
agresivos de la mafia cubana de Miami. Es falso. En la guerra fría,
cuando los espías soviéticos en Naciones Unidas fueron
expulsados, la KGB llegó a un acuerdo con Cuba por el cual la
Dirección General de Inteligencia (DGI) llenó ese
vacío. Como consecuencia, el FBI elevó a la DGI al mismo
plano asignado a la KGB y aumentó la asignación de recursos
de contrainteligencia a la DGI para adecuarlos a la amenaza que
representaba a la seguridad nacional.
Por fin se inició el juicio a fines del 2000. Entre otras
razones para la demora de dos años, estuvo la orden
increíble de la jueza federal, Joan A. Lenard, de que se
trasladaran a Cuba los fiscales y agentes del FBI para tomar testimonio a
funcionarios cubanos familiarizados con la situación. Como entre
éstos deben haber estado los jefes de los espías de la
llamada Red Avispa, el resultado neto es que los que debieron haber sido
incorporados al caso como acusados acabaron como testigos de la
defensa. Todos sabemos la seriedad con que los jefes cubanos deben haber
tomado ese juramento de decir ``la verdad, toda la verdad y sólo la
verdad''.
Pero el testimonio de uno de los espías, Joseph Santos, que
llegó a acuerdo con la fiscalía a cambio de una
reducción de su sentencia es lo que colma la copa. En su testimonio
el día 5 de enero de 2001, Santos declaró que estuvo siendo
adiestrado por casi siete años para esta misión. Iba a ir a
Puerto Rico, pero después que el Comando Sur fue trasladado a
Homestead, lo reasignaron a infiltrarse en esa base. El 8 de enero,
sometido al cuestionamiento por la defensa, declaró que no hablaba
inglés y que su misión se reducía a ``el estudio de
las rutas de ómnibus, el funcionamiento de los servicios de
courier, el ambiente donde se construía el edificio del Comando Sur
y sobre su modo de vida, relaciones personales y de trabajo''.
Preparar a un espía por siete años para venir a Estados
Unidos y no enseñarle inglés parece un poco difícil
de creer. Por otra parte, el ingeniero Manuel Cereijo, profesor en la FIU
que ha hecho sólidos estudios sobre la computación en Cuba
como arma cibernética, me informa que Joseph Santos era profesor de
ingeniería de computadoras en la Universidad de Santa Clara y
director de su centro computacional, habiendo realizado estudios de
postgrado sobre esta materia en Europa. Su esposa, Amarylis, que
también fue arrestada como espía y negoció una
reducción de sentencia a cambio de su testimonio,
está especializada en matemáticas aplicadas a la
computación. Podemos esperar que su testimonio sea igualmente
irrelevante.
Como en la selección del jurado la jueza Leonard
aceptó el criterio racista de excluir a cubanoamericanos con la
complicidad de la fiscalía, es de esperar que los miembros del
jurado lleguen a la conclusión de que los espías de la Red
Avispa no ofrecían peligro a la seguridad de Estados Unidos y
encuentren a los acusados inocentes. Castro podrá citar en apoyo de
su posición de que no espiaba a Estados Unidos el fallo de un
jurado americano. El ser objetivo de la inteligencia cubana halaga
aHermanos al Rescate y de la Fundación Nacional Cubana Americana,
pero deben darse cuenta de que el sesgo dado a la causa es una
manipulación de Reno, un acto más de acomodarse a los
intereses de Castro, como en el caso de Elián.
Este juicio es un fraude judicial y una tomadura de pelo a la comunidad
cubanoamericana y al pueblo americano. No se debe permitir que esta farsa
continúe sin ser cuestionada. Hay que demandar a la entrante
administración que, como primera prioridad, ordene una
revisión de esta causa y la abundante evidencia acumulada por el
FBI que está siendo desperdiciada por la fiscalía.
La farsa del juicio a los espías
© El Nuevo Herald