Explotación infantil
En nuestros años de estudiantes, aun siendo menores de edad, cortamos y sembramos mucha caña. Luego, la política aún vigente de trasladar al campo escuelas secundarias básicas y, sobre todo, los institutos preuniversitarios convirtió obligatoriamente a la mayoría de los estudiantes cubanos en trabajadores agrícolas. Para librarse del bucólico gulag educacional había, hay, que presentar un certificado médico.
El trabajo infantil no es agradable o en todas las instancias
conveniente. Lo critico como política de estado, como principio
ideológico. Sin embargo, puede ser positivo en circunstancias y
casos específicos. La negativa de la comunidad internacional
respecto del trabajo infantil es un cliché un tanto demodé,
que parte del presupuesto de que hay un tiempo para aprender (la infancia)
y otro (la adultez) para trabajar. Corresponde al ideal de una
época digamos que más simple, en que el tiempo de la
formación y el de la producción estaban estrictamente
delimitados.
En el llamado ``primer mundo'', la constante tecnologización de
la producción y los servicios hace que se rompan las barreras entre
el tiempo de aprendizaje y el de trabajo. Para mantener la competitividad
el trabajador y el profesional posmodernos deben reciclarse
constantemente. Por otro lado, los estudiantes trabajan en sus horas
libres. Una joven que se prepara para entrar a la carrera de medicina o,
un estudiante de high school, trabajan como dependientes los fines de
semana y durante las vacaciones. Esto ocurre en el primer mundo, donde
están resueltas las necesidades básicas y las posibilidades
de superación son enormes.
En el ``tercer mundo'' el cuadro es trágico. Los niños trabajan literalmente para comer, o para aportar algo al exiguo presupuesto familiar. La prohibición del trabajo infantil no resuelve estas necesidades. Los niños no trabajan --como en los países desarrollados-- para financiarse un viaje turístico o adquirir una computadora, para entretenerse, estar en la onda o informarse. Lo hacen para comer.
La prohibición es retórica y tan hipócrita como la actitud del gobierno cubano, que a la vez que utiliza el trabajo infantil de forma masiva apoya una norma contra el mismo, mientras mantiene la combinación del trabajo y el estudio en el texto constitucional. La prohibición parte de la identificación del trabajo con la explotación. Los niños trabajan, ergo son explotados. Para que no lo sean el trabajo debe prohibirse sin importar que por tal medida ``altruista'' puedan mañana morirse unos cuantos infantes más de hambre, o buscarse medios de vida denigrantes, ahora que la prostitución infantil forma ya parte de los incentivos turísticos.
La comunidad internacional debiera concentrarse en el tema de la explotación infantil, definiéndola y prohibiéndola en lugar de criticar el trabajo infantil por sí mismo. Y exigir a las compañías que se establecen en el tercer mundo un determinado código de conducta que garantice a los niños-trabajadores un salario adecuado --no menor que las normas existentes para los adultos-- y una jornada de trabajo reducida, de modo que puedan ir a la escuela y prepararse. Además, a las compañías que usen el trabajo de niños y adolescentes debiera exigírseles que colaboren con la educación de los menores que emplean abriendo escuelas, al menos de enseñanza primaria, así como vacunación y cuidado de salud en los lugares de trabajo. Los salarios que pagan son tan bajos que, no obstante esos gastos, se mantendrán las ganancias y a la larga se beneficiarán con una mano de obra más calificada.
En este caso la hipocresía no le toca sólo al gobierno cubano, sino a los gobiernos tanto de los países desarrollados como en vías de desarrollo que, en lugar de buscarle una solución real al problema, se contentan con una condena jurídica que no afecta las causas del mal. En aquellos países donde la economía es tan pobre que incluso muchos adultos están desempleados y donde el estado es imcapaz de financiar una educación para todos, no queda otra opción que atacar el problema en la misma dirección en que ocurren los procesos de globalización, de modo que las transnacionales que se mueven a esos territorios buscando las ventajas de la mano de obra barata participen de algún modo en los programas de educación y desarrollo.
Así, en lugar de escuchar el discurso contra la globalización neoliberal que --como antes el problema de la deuda externa-- se ha convertido en el leitmotiv ideológico del discurso del gobierno cubano, podríamos ver cómo los pueblos perciben de una forma más positiva la presencia del capital internacional. Elaborar un retórico texto de condena es más fácil que enfrentar el problema de manera pragmática.
Sólo hace falta sentido común, preocupación por el destino de los niños del mundo y, claro, cierto porcentaje de decencia política.
Copyright © 1998 El Nuevo Herald