Publicado el lunes, 21 de diciembre de 1998 en El Nuevo Herald

Escritores desnudan la realidad de Cuba

PETER KATEL
Especial para El Nuevo Herald

La nueva literatura cubana suena a advertencia, viniendo de un pams cuyos problemas terminan por convertirse en una crisis para Estados Unidos.

A través de una creciente cantidad de novelas, cuentos y memorias, los escritores cubanos están abriendo una ventana a su sociedad. Lo que se ve podría conmocionar a los norteamericanos, que piensan en Cuba como un heroico enclave de desafío contra el imperio norteamericano o, alternativamente, como una nación que se apresta a sacudirse el yugo de la opresión.

La política, no la realidad, sustenta esas imágenes. La nueva ola de escritores cubanos describen una isla agotada por la ideología. Sus personajes están atrapados en una lucha para sobrevivir cuyas reglas son: rompe cualquier ley que tengas que romper, no confíes en casi nadie, y nunca olvides, tal como dice la novelista de Miami Daína Chaviano en su nuevo libro El Hombre, la Hembra y el Hambre, que todo está en venta. Bienvenido a Cuba.

El impulso literario que se deriva de esto es ahora lo suficientemente grande como para que los escritores cubanos exiliados discutieran el mes pasado en la Feria del Libro de Miami cuáles obras tienen cualidades artísticas y cuáles son simplemente comerciales.

Entre los españoles, los extranjeros que mejor conocen a Cuba, cuatro novelas han obtenido premios literarios en los últimos dos años, y una nueva compañía editorial de Barcelona está imprimiendo y reimprimiendo el trabajo de escritores cubanos independientes.

Por supuesto, España tiene la ventaja del idioma. La gran mayoría de las nuevas obras no están traducidas (con la excepción de dos novelas de Zoe Valdés y algunos cuentos cortos que aparecieron en una nueva antología, The Voice of the Turtle.

Así es que mientras la música cubana disfruta de un auge de popularidad en la frívola Norteamérica, los nuevos escritores cubanos, la mayoría de los cuales dejaron la isla en los 90, virtualmente son desconocidos en Estados Unidos.

Sin embargo, de todos los extranjeros, los norteamericanos serían los que más podrían beneficiarse con la obra desmistificante de los escritores cubanos.

Haciendo a un lado los méritos artísticos, la nueva literatura cubana suena a advertencia, viniendo de un país cuyos problemas terminan por convertirse en una crisis para Estados Unidos.

Un problema que no desaparecerá es la imperecedera ansiedad de irse de los cubanos. El puente marítimo del Mariel en 1980, o el éxodo de los balseros en 1994, afloran continuamente en la nueva literatura cubana, señal de que el recuerdo de estos dramas sigue vivo en Cuba aun cuando se haya adormecido de este lado del Estrecho de la Florida.

En estos días, los norteamericanos parecen más interesados en cómo hacer sus propios viajes en la dirección opuesta. La idea de romper las restricciones norteamericanas a los viajes que impliquen ''comerciar con el enemigo'' podría aumentar el atractivo.

Aquí, los nuevos trabajos literarios suenan a advertencia. Puede que los extranjeros reduzcan el deprimente aislamiento de Cuba, pero tal como muestra la nueva literatura, también alimentan la decadencia local.

La prostitución relacionada con el turismo es bien conocida, pero no lo es tanto el que la prostitución se haya convertido en el tema literario de la década. Difícilmente hay una pieza literaria que deje de mencionarla.

El tono no es ligero. Un nuevo cuento corto recién publicado, La Causa que Refresca, del habanero José Miguel Sánchez, capta la mezcla de cínico realismo y cólera apenas reprimida que podría parecerle familiar a cualquiera que haya escuchado a los cubanos hablar sobre el comercio sexual.

El protagonista de Sánchez es un hombre de piel oscura, un ''guía de turistas''. Su clienta suena demasiado familiar: una europea rubia cargada de sentimientos de culpa por el novio que dejó en casa, por sus comodidades materiales y por no haber hecho más por los desdichados de la tierra. El guía, un experto en la angustia existencial del Primer Mundo, le concede tanto la gratitud como el desprecio que anhela. ''Yo te absuelvo, por habernos bendecido con divisas, con tu honesta conmiseración...''.

El cuento aparece en el penúltimo número de Encuentro de la Cultura Cubana, una publicación trimestral radicada de Madrid e iniciada hace dos años que está ayudado a fomentar el renacimiento literario cubano, rompiendo las barreras entre los escritores de la isla y aquellos que se han ido.

De todas formas, el muro se ha ido debilitando como consecuencia inevitable de la fuga de cerebros en progreso desde fines de la década de los 80. Artistas e intelectuales han estado fluyendo de Cuba, algunos con la bendición de un gobierno que quería sacudirse estos tipos fastidiosamente independientes, especialmente debido a que algunos estaban empezando a sugerir que la implosión de Cuba no era culpa enteramente del colapso del estado patrocinador, la Unión Soviética.

Aunque los cubanos cada vez temen menos decir esto, escribirlo explícitamente no es más posible ahora de lo que era en 1961, cuando Fidel Castro estableció los principios sobre los que debía guiarse la expresión artística: ''Dentro de la Revolución, todo; fuera de la Revolución, nada''. La clave era que cualquier cosa demasiado crítica, o simplemente apolítica, quedaba automáticamente fuera de lo permitido.

Los escritores ''independientes'' que se quedaban en Cuba vivían marginados, y algunas veces eran encarcelados; sus libros no se publicaban ni se distribuían. Los que se iban recibían una fría acogida en Estados Unidos y Europa, donde los cubanos caídos en desgracia no eran considerados aptos para una sociedad culta.

La definición de escritores cubanos aceptables e inaceptables no cambió hasta principios de los 90. Uno de los primeros en causar impresión en el extranjero fue el fallecido Reinaldo Arenas, quien huyó de Cuba en el puente marítimo del Mariel. Aunque murió de sida sin un centavo en Nueva York, dejó atrás sus memorias (publicadas bajo el título de Antes que Anochezca) de una vida de desafío a toda autoridad, siendo su adversario más fiero un estado que lo clasificó, absurdamente, como contrarrevolucionario.

En parte, la razón de ello fue la abierta homosexualidad de Arenas. El gobierno tardó hasta principios de los 90 en renunciar a su homofobia oficial, utilizando el apoyo a la película Fresa y Chocolate para subrayar el asunto.

Pero el inconformismo se ha extendido ahora mucho más allá de la comunidad homosexual.

Eliseo Alberto es un poeta de segunda generación, novelista, guionista y cercano colaborador de Gabriel García Márquez, él mismo un miembro honorario de la elite cultural cubana. Tras vivir en la capital mexicana desde 1991, Alberto publicó una furiosa y autocrítica memoria el año pasado, Informe Contra Mí Mismo, que presenta una Cuba en ruinas, sus dirigentes vendiéndola pedazo a pedazo y su ideología como un desfile de lemas huecos.

Es refrescante que Alberto dedique parte de su libro a cartas de cubanos que no están de acuerdo con él. También incluye el primer intento de hacer una lista de los artistas e intelectuales que han salido de Cuba desde fines de los años 80 y que tiene nueve páginas. El último libro de Alberto, Caracol Beach, ubicado parcialmente en la Florida, ganó en España este año el prestigioso Premio Alfaguara. En el mundo hispanoparlante, donde reside la mayor parte del nuevo público de estos escritores, el abismo entre el pasado y el presente de Cuba resulta particularmente doloroso. Hace 40 años, Cuba era un país relativamente próspero en el escenario mundial. Hoy es un anacronismo político donde hay gente lo suficientemente hambrienta como para comer tela saborizada.

La historia parece de humor negro, pero la gente que vivió en La Habana a principios de los años 90 sabe que es verdad.

La historia comienza cuando se riega el rumor de que se están vendiendo bistés en una casa privada de la Habana Vieja. En una época en que los restaurantes privados eran ilegales, la policía supo del lugar y lo allanó, esperando decomisar carne. En vez de eso, encontraron que los ''bistés'' eran pedazos de frazada ablandados con jugo de limón y fritos en grasa que había servido para freír carne real. Los clientes los encontraban duros, pero satisfactorios... Cuando la vida diaria ofrece material de este tipo, no hay que sorprenderse de que hasta los escritores que se han marchado no hayan querido romper sus vínculos con la isla.

Al igual que el personaje de la novela de Zoe Valdés, Café Nostalgia, que no puede tomar café que no sea el repugnante brebaje que su madre le envía a París, los escritores cubanos viven obcecados con su país. Daína Chaviano, que vive en Miami, cuenta la anécdota de los sandwiches en su nueva novela, que se centra en el descenso de una joven madre a la prostitución. Antonio José Ponte, ahora en Lisboa, también la usa en un delgado libro de crítica cultural publicado en París mientras estaba todavía en La Habana. Las Comidas Profundas es una exploración en el significado de los alimentos desde la perspectiva de alguien que ha carecido de ellos. ''Escribo de la mesa del comedor. El mantel es una tela decorada con cuadros de comidas, frutas y carnes asadas y copas de vino y botellas, todo lo que yo no tengo''. Es una forma poderosa de escribir sobre la escasez de comida.

Aunque los escritores que todavía viven en Cuba no se censuran a sí mismos tanto como en el pasado, son necesariamente más elípticos que sus colegas que se han marchado. El escritor habanero Leonardo Padura Fuentes ubica Máscaras, una novela de misterio publicada en España el año pasado, en las semanas que siguieron a los juicios y ejecuciones de altos oficiales del ejército y la seguridad, pero sin referirse directamente a esos acontecimientos. El asesinato que establece la trama se halla vinculado, tipo Ross Macdonald, a una vieja crisis familiar; está conectado con las purgas culturales del gobierno en los años 60 y 70. Luis Manuel García, uno de los más inventivos de los nuevos escritores cubanos, escribió una novela en 1992 estando todavía en Cuba (novela que se dice es imposible de encontrar allí) y cuyos sucesos incluyen la fuga de una idea de un cráneo durante una operación del cerebro. Su historia, Bar Mañana, publicada en Encuentro, explora ingeniosamente el presente, y el futuro, buscando los ecos remanentes de los años 50. Es un tema particularmente sugerente para los norteamericanos. Los 50 fueron una época en que acudían a La Habana en busca de buena música y mejor sexo.

La literatura estaba floreciendo también, pero los norteamericanos no habían aprendido a prestar atención a lo que preocupaba a los cubanos.


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