La nueva
literatura cubana suena a advertencia, viniendo de un pams cuyos
problemas terminan por convertirse en una crisis para Estados
Unidos.
El impulso literario que se deriva de esto es ahora lo suficientemente
grande como para que los escritores cubanos exiliados discutieran el mes
pasado en la Feria del Libro de Miami cuáles obras tienen
cualidades artísticas y cuáles son simplemente
comerciales.
Entre los españoles, los extranjeros que mejor conocen a Cuba,
cuatro novelas han obtenido premios literarios en los últimos dos
años, y una nueva compañía editorial de Barcelona
está imprimiendo y reimprimiendo el trabajo de escritores cubanos
independientes.
Por supuesto, España tiene la ventaja del idioma. La gran
mayoría de las nuevas obras no están traducidas (con la
excepción de dos novelas de Zoe Valdés y algunos cuentos
cortos que aparecieron en una nueva antología, The Voice of the
Turtle.
Así es que mientras la música cubana disfruta de un auge
de popularidad en la frívola Norteamérica, los nuevos
escritores cubanos, la mayoría de los cuales dejaron la isla en los
90, virtualmente son desconocidos en Estados Unidos.
Sin embargo, de todos los extranjeros, los norteamericanos
serían los que más podrían beneficiarse con la obra
desmistificante de los escritores cubanos.
Haciendo a un lado los méritos artísticos, la nueva
literatura cubana suena a advertencia, viniendo de un país cuyos
problemas terminan por convertirse en una crisis para Estados Unidos.
Un problema que no desaparecerá es la imperecedera ansiedad de
irse de los cubanos. El puente marítimo del Mariel en 1980, o el
éxodo de los balseros en 1994, afloran continuamente en la nueva
literatura cubana, señal de que el recuerdo de estos dramas sigue
vivo en Cuba aun cuando se haya adormecido de este lado del Estrecho de la
Florida.
En estos días, los norteamericanos parecen más
interesados en cómo hacer sus propios viajes en la dirección
opuesta. La idea de romper las restricciones norteamericanas a los viajes
que impliquen ''comerciar con el enemigo'' podría aumentar el
atractivo.
Aquí, los nuevos trabajos literarios suenan a advertencia. Puede
que los extranjeros reduzcan el deprimente aislamiento de Cuba, pero tal
como muestra la nueva literatura, también alimentan la decadencia
local.
La prostitución relacionada con el turismo es bien conocida,
pero no lo es tanto el que la prostitución se haya convertido en el
tema literario de la década. Difícilmente hay una pieza
literaria que deje de mencionarla.
El tono no es ligero. Un nuevo cuento corto recién publicado,
La Causa que Refresca, del habanero José Miguel
Sánchez, capta la mezcla de cínico realismo y cólera
apenas reprimida que podría parecerle familiar a cualquiera que
haya escuchado a los cubanos hablar sobre el comercio sexual.
El protagonista de Sánchez es un hombre de piel oscura, un
''guía de turistas''. Su clienta suena demasiado familiar: una
europea rubia cargada de sentimientos de culpa por el novio que
dejó en casa, por sus comodidades materiales y por no haber hecho
más por los desdichados de la tierra. El guía, un experto en
la angustia existencial del Primer Mundo, le concede tanto la gratitud
como el desprecio que anhela. ''Yo te absuelvo, por habernos bendecido con
divisas, con tu honesta conmiseración...''.
El cuento aparece en el penúltimo número de Encuentro
de la Cultura Cubana, una publicación trimestral radicada de
Madrid e iniciada hace dos años que está ayudado a fomentar
el renacimiento literario cubano, rompiendo las barreras entre los
escritores de la isla y aquellos que se han ido.
De todas formas, el muro se ha ido debilitando como consecuencia
inevitable de la fuga de cerebros en progreso desde fines de la
década de los 80. Artistas e intelectuales han estado fluyendo de
Cuba, algunos con la bendición de un gobierno que quería
sacudirse estos tipos fastidiosamente independientes, especialmente debido
a que algunos estaban empezando a sugerir que la implosión de Cuba
no era culpa enteramente del colapso del estado patrocinador, la
Unión Soviética.
Aunque los cubanos cada vez temen menos decir esto, escribirlo
explícitamente no es más posible ahora de lo que era en
1961, cuando Fidel Castro estableció los principios sobre los que
debía guiarse la expresión artística: ''Dentro de la
Revolución, todo; fuera de la Revolución, nada''. La clave
era que cualquier cosa demasiado crítica, o simplemente
apolítica, quedaba automáticamente fuera de lo permitido.
Los escritores ''independientes'' que se quedaban en Cuba vivían
marginados, y algunas veces eran encarcelados; sus libros no se publicaban
ni se distribuían. Los que se iban recibían una fría
acogida en Estados Unidos y Europa, donde los cubanos caídos en
desgracia no eran considerados aptos para una sociedad culta.
La definición de escritores cubanos aceptables e inaceptables no
cambió hasta principios de los 90. Uno de los primeros en causar
impresión en el extranjero fue el fallecido Reinaldo Arenas, quien
huyó de Cuba en el puente marítimo del Mariel. Aunque
murió de sida sin un centavo en Nueva York, dejó
atrás sus memorias (publicadas bajo el título de Antes
que Anochezca) de una vida de desafío a toda autoridad, siendo
su adversario más fiero un estado que lo clasificó,
absurdamente, como contrarrevolucionario.
En parte, la razón de ello fue la abierta homosexualidad de
Arenas. El gobierno tardó hasta principios de los 90 en renunciar a
su homofobia oficial, utilizando el apoyo a la película Fresa y
Chocolate para subrayar el asunto.
Pero el inconformismo se ha extendido ahora mucho más
allá de la comunidad homosexual.
Eliseo Alberto es un poeta de segunda generación, novelista,
guionista y cercano colaborador de Gabriel García Márquez,
él mismo un miembro honorario de la elite cultural cubana. Tras
vivir en la capital mexicana desde 1991, Alberto publicó una
furiosa y autocrítica memoria el año pasado, Informe
Contra Mí Mismo, que presenta una Cuba en ruinas, sus
dirigentes vendiéndola pedazo a pedazo y su ideología como
un desfile de lemas huecos.
Es refrescante que Alberto dedique parte de su libro a cartas de
cubanos que no están de acuerdo con él. También
incluye el primer intento de hacer una lista de los artistas e
intelectuales que han salido de Cuba desde fines de los años 80 y
que tiene nueve páginas. El último libro de Alberto,
Caracol Beach, ubicado parcialmente en la Florida, ganó en
España este año el prestigioso Premio Alfaguara. En el mundo
hispanoparlante, donde reside la mayor parte del nuevo público de
estos escritores, el abismo entre el pasado y el presente de Cuba resulta
particularmente doloroso. Hace 40 años, Cuba era un país
relativamente próspero en el escenario mundial. Hoy es un
anacronismo político donde hay gente lo suficientemente hambrienta
como para comer tela saborizada.
La historia parece de humor negro, pero la gente que vivió en La
Habana a principios de los años 90 sabe que es verdad.
La historia comienza cuando se riega el rumor de que se están
vendiendo bistés en una casa privada de la Habana Vieja. En una
época en que los restaurantes privados eran ilegales, la
policía supo del lugar y lo allanó, esperando decomisar
carne. En vez de eso, encontraron que los ''bistés'' eran pedazos
de frazada ablandados con jugo de limón y fritos en grasa que
había servido para freír carne real. Los clientes los
encontraban duros, pero satisfactorios... Cuando la vida diaria ofrece
material de este tipo, no hay que sorprenderse de que hasta los escritores
que se han marchado no hayan querido romper sus vínculos con la
isla.
Al igual que el personaje de la novela de Zoe Valdés,
Café Nostalgia, que no puede tomar café que no sea el
repugnante brebaje que su madre le envía a París, los
escritores cubanos viven obcecados con su país. Daína
Chaviano, que vive en Miami, cuenta la anécdota de los sandwiches
en su nueva novela, que se centra en el descenso de una joven madre a la
prostitución. Antonio José Ponte, ahora en Lisboa,
también la usa en un delgado libro de crítica cultural
publicado en París mientras estaba todavía en La Habana.
Las Comidas Profundas es una exploración en el significado
de los alimentos desde la perspectiva de alguien que ha carecido de ellos.
''Escribo de la mesa del comedor. El mantel es una tela decorada con
cuadros de comidas, frutas y carnes asadas y copas de vino y botellas,
todo lo que yo no tengo''. Es una forma poderosa de escribir sobre la
escasez de comida.
Aunque los escritores que todavía viven en Cuba no se censuran a
sí mismos tanto como en el pasado, son necesariamente más
elípticos que sus colegas que se han marchado. El escritor habanero
Leonardo Padura Fuentes ubica Máscaras, una novela de
misterio publicada en España el año pasado, en las semanas
que siguieron a los juicios y ejecuciones de altos oficiales del
ejército y la seguridad, pero sin referirse directamente a esos
acontecimientos. El asesinato que establece la trama se halla vinculado,
tipo Ross Macdonald, a una vieja crisis familiar; está conectado
con las purgas culturales del gobierno en los años 60 y 70. Luis
Manuel García, uno de los más inventivos de los nuevos
escritores cubanos, escribió una novela en 1992 estando
todavía en Cuba (novela que se dice es imposible de encontrar
allí) y cuyos sucesos incluyen la fuga de una idea de un
cráneo durante una operación del cerebro. Su historia,
Bar Mañana, publicada en Encuentro, explora
ingeniosamente el presente, y el futuro, buscando los ecos remanentes de
los años 50. Es un tema particularmente sugerente para los
norteamericanos. Los 50 fueron una época en que acudían a La
Habana en busca de buena música y mejor sexo.
La literatura estaba floreciendo también, pero los
norteamericanos no habían aprendido a prestar atención a lo
que preocupaba a los cubanos.Escritores desnudan la realidad de Cuba
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Copyright © 1998 El Nuevo Herald