Publicado el domingo, 4 de octubre de 1998 en El Nuevo Herald

LUIS AGUILAR LEON

Una pregunta sobre la dignidad

Es posible que algún día alguien escriba un estudio serio sobre la conducta de gobiernos e intelectuales hacia la larga dictadura de Fidel Castro. Es posible, pero no probable. Cuando la infamia toca a muchos y las excepciones son excepcionales, el turbio asunto se barre con respetuosas escobas diplomáticas. Después de la Segunda Guerra Mundial, nadie denunció como en 1938 no sólo Inglaterra y Francia, sino también Polonia, Hungría y Rumania, quienes pronto pagarían el precio, traicionaron a Checoslovaquia y se la entregaron a Hitler. Ni se ha roto el silencio sobre el crimen que cometieron los aliados cuando, después de la guerra, le ``devolvieron'' a Stalin miles de prisioneros rusos que habían escapado de sus garras y de los cuales nunca más se supo.

El caso de Cuba es bien conocido. En 1959 llega al poder con cantos democráticos un líder revolucionario, quien pronto impuso el marxismo, ahogó las religiones, fusiló, encarceló y expulsó a un creciente números de cubanos y proclamó la próxima ``liberación'' del continente. Creyendo el mito de la victoria guerrillera en Cuba, una ola de guerrillas alzó su violencia en las montañas, consumiendo vidas y obligando a los gobiernos a gastarse millones en equipos de guerra. El primer resultado fue una contraola de golpes militares. Cuando las derrotas guerrilleras cubrieron los Andes, el líder aseguró que él no había apoyado a esos ``espontáneos'' movimientos. A comienzos de los 80, un período ``democrático'' pareció asomarse sobre el horizonte. Las democracias, sin embargo, se mostraron bien amables con el líder para entonces arruinado y solo.

Este año, como para desafiar esa creciente amabilidad, Castro proclamó que había intervenido directamente en todos los países de la América Latina con excepción de México. Ese reconocimiento de haber violado a balazos la soberanía de otros países provocó la protesta de sólo dos países, Uruguay y Costa Rica. ¿Cómo se explica tal mudez o, lo que es peor, los honores rendidos a ese ``presidente'' Castro que no celebra elecciones, encarcela a los que las sugieren y estampa su desdeñosa firma en los documentos que vuelan en las cumbres democráticas?

Innumerables deben ser las razones. Mencionemos sólo dos: el anacrónico pero siempre presente temor a lucir como ``lacayos del imperialismo yanqui'' y la corrupción política. Líderes y gobiernos con poca confianza en sí mismos, con temblantes economías bajo sus pies, o como los Samper o los Chávez, realmente atraídos por la imagen del dictador cubano, están siempre dispuestos a adoptar poses ultranacionalistas que no los ponen en riesgo (el imperialismo es bien tolerante), pero les gana popularidad. Y esa popularidad es esencial para todo político que piense, y todo político piensa en la reelección.

La segunda causa es más compleja. En la América Latina existen dos tipos de corrupción: la corrupción impuesta y la corrupción expuesta. Un dictador como Castro se hace rico usando una corrupción impuesta por el gobierno. Si quien quería hacer negocios en Nicaragua tenía que contar con un Somoza como socio, quien quiera hacer negocios en Cuba tiene que estar dispuesto a aceptar la voracidad cada vez más capitalista de Fidel. Naturalmente, bajo ese tipo de dictadura nadie osa susurrar quejas contra la corrupción del gobierno.

En los regímenes democráticos, donde existe un mínimo de libertad de expresión, el denunciar y exponer la corrupción es fácil, detenerla difícil. La corrupción ``democrática'' suele estar mucho más dispersa en los estratos del gobierno y reaparece con un cambio de ministros. En tal ambiente, ¿quién quiere enfrentarse a un problema interno criticando a Fidel Castro? ¿No es mejor olvidar la intervención guerrillera de Castro, todavía presente en algunos países, y hablar de la gran hermandad del continente; guardar silencio ante la agonía de los presos políticos, y calladamente tratar a los indefensos refugiados cubanos como si fueran criminales, sabiendo que nadie va a protestar ante tal indignidad?

Aunque alguna vez un gobierno acuse o, como acaba de ocurrir en México, un encomiable grupo de intelectuales salven la dignidad de la izquierda condenando el crimen de retornar a Castro a los infelices que a México arribaron buscando libertad, la conducta de la mayoría, en Europa y en América, inclina a repetir la pregunta de aquel embajador francés quien en 1914, cuando, a pesar de todos los tratados, el gobierno inglés parecía dispuesto a abandonar a una Francia sobre la que marchaban los ejércitos alemanes. ``Vengo", dijo el trémulo diplomático, ``a ver si el honor y la dignidad todavía significan algo en Inglaterra''. Dichoso embajador. Al otro día Inglaterra declaró la guerra. Los cubanos que luchan por la libertad siguen esperando alguna respuesta.


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