Este año, como para desafiar esa creciente amabilidad, Castro
proclamó que había intervenido directamente en todos los
países de la América Latina con excepción de
México. Ese reconocimiento de haber violado a balazos la
soberanía de otros países provocó la protesta de
sólo dos países, Uruguay y Costa Rica. ¿Cómo se
explica tal mudez o, lo que es peor, los honores rendidos a ese
``presidente'' Castro que no celebra elecciones, encarcela a los que las
sugieren y estampa su desdeñosa firma en los documentos que vuelan
en las cumbres democráticas?
Innumerables deben ser las razones. Mencionemos sólo dos: el
anacrónico pero siempre presente temor a lucir como ``lacayos del
imperialismo yanqui'' y la corrupción política.
Líderes y gobiernos con poca confianza en sí mismos, con
temblantes economías bajo sus pies, o como los Samper o los
Chávez, realmente atraídos por la imagen del dictador
cubano, están siempre dispuestos a adoptar poses ultranacionalistas
que no los ponen en riesgo (el imperialismo es bien tolerante), pero les
gana popularidad. Y esa popularidad es esencial para todo político
que piense, y todo político piensa en la reelección.
La segunda causa es más compleja. En la América Latina
existen dos tipos de corrupción: la corrupción impuesta y la
corrupción expuesta. Un dictador como Castro se hace rico usando
una corrupción impuesta por el gobierno. Si quien quería
hacer negocios en Nicaragua tenía que contar con un Somoza como
socio, quien quiera hacer negocios en Cuba tiene que estar dispuesto a
aceptar la voracidad cada vez más capitalista de Fidel.
Naturalmente, bajo ese tipo de dictadura nadie osa susurrar quejas contra
la corrupción del gobierno.
En los regímenes democráticos, donde existe un
mínimo de libertad de expresión, el denunciar y exponer la
corrupción es fácil, detenerla difícil. La
corrupción ``democrática'' suele estar mucho más
dispersa en los estratos del gobierno y reaparece con un cambio de
ministros. En tal ambiente, ¿quién quiere enfrentarse a un
problema interno criticando a Fidel Castro? ¿No es mejor olvidar la
intervención guerrillera de Castro, todavía presente en
algunos países, y hablar de la gran hermandad del continente;
guardar silencio ante la agonía de los presos políticos, y
calladamente tratar a los indefensos refugiados cubanos como si fueran
criminales, sabiendo que nadie va a protestar ante tal indignidad?
Aunque alguna vez un gobierno acuse o, como acaba de ocurrir en
México, un encomiable grupo de intelectuales salven la dignidad de
la izquierda condenando el crimen de retornar a Castro a los infelices que
a México arribaron buscando libertad, la conducta de la
mayoría, en Europa y en América, inclina a repetir la
pregunta de aquel embajador francés quien en 1914, cuando, a pesar
de todos los tratados, el gobierno inglés parecía dispuesto
a abandonar a una Francia sobre la que marchaban los ejércitos
alemanes. ``Vengo", dijo el trémulo diplomático, ``a ver si
el honor y la dignidad todavía significan algo en Inglaterra''.
Dichoso embajador. Al otro día Inglaterra declaró la guerra.
Los cubanos que luchan por la libertad siguen esperando alguna
respuesta.
Una pregunta sobre la dignidad
Copyright © 1998 El Nuevo Herald