`Cambula' y la bandera de Yara
Así vieron sus contemporáneos al caudillo; el poeta
José Joaquín Palma: ``Gallardo de apostura... su busto era
ancho como el de una estatua griega, y su estatura pequeña...'' Y
Manuel Anastasio Aguilera, primo del otro grande de aquella gesta,
Francisco Vicente Aguilera: ``En su juventud fue muy elegante, bien
parecido y de simpática figura. Se distinguía mucho en el
baile y la equitación... Siempre tuvo fe ciega en el triunfo de la
libertad sobre la tiranía''. Y Fernando Figueredo, su ayudante:
``Muy aficionado a la poesía, ni fumaba, ni jugaba, ni nadie le vio
jamás alzar una copa, y siempre se conservó limpio,
extremadamente aseado, con su cara perfectamente rasurada... Estaba
fabricado de la madera de los libertadores: en su ser se anidaba un
corazón con latidos de héroe...'' Por su integridad y
entereza Martí lo llamó ``hombre de mármol''.
La más bella mujer de Bayamo era su prima, María del
Carmen, y en 1839 se casaron. A uno de sus hijos, Oscar, preso luego en la
guerra, le ofrecieron el perdón si el padre aceptaba el destierro,
e imitando a Guzmán el Bueno en el sitio de Tarifa, le
contestó Céspedes a los españoles: ``Oscar no es mi
único hijo: soy el padre de todos los cubanos que han muerto por la
revolución''. Ese gesto le mereció el título de padre
de la patria.
Viudo en 1867, se enamoró de Cambula, hija del mayoral de su
ingenio. Nacida en Manzanillo en 1851, tenía entonces 16
años. Por una denuncia fue necesario adelantar el levantamiento,
pero no había bandera, y el caudillo le confió la empresa a
su tierna amiga.
Tendría los colores republicanos, cerca de la bandera de Chile,
país que apoyaba la independencia de Cuba, pero faltaban la tela.
Del cielo de un mosquitero sacó Cambula el rojo y de un
corpiño el blanco, pero faltaba el azul. Céspedes fue al
velo sobre el cuadro de la esposa muerta, pero la niña lo detuvo:
``No es necesario'', le dijo, ``yo tengo un vestido azul que puedo
utilizar igualmente''. Sobre la estrella Cambula se lamentó: ``No
sé bordar, y aunque supiera tampoco la haría porque no
sé dibujarla''. Pero allí estaba quien iba a ser el
abanderado de la tropa, el joven Emilio Tamayo, y dibujó la
estrella en un papel que Cambula fijó con alfileres sobre el lienzo
y cortó y cosió en el cuadrado rojo de la bandera.
Durante aquella noche de prisa y costura, del 9 de octubre,
Céspedes dio los últimos toques al ``manifiesto'' que
saldría firmado en Manzanillo al día siguiente. Aún
tiene vigencia en su patria infortunada: ``...Nadie ignora que
España gobierna a la isla de Cuba con un brazo de hierro
ensangrentado... teniéndola privada de toda libertad
política y religiosa, sus desgraciados hijos se ven expulsados de
su suelo a remotos climas o ejecutados sin forma de proceso... Los cubanos
no pueden hablar, no pueden escribir, no pueden ni siquiera pensar...
Cuando un pueblo llega al extremo de degradación y miseria en que
nosotros nos vemos, nadie puede reprobarle que eche mano a las armas para
salir de un estado tan lleno de oprobio... A los demás pueblos
civilizados toca interponer su influencia para sacar de la garras de un
bárbaro opresor a un pueblo inocente, ilustrado, sensible y
generoso... Amamos la tolerancia, el orden y la justicia en todas las
materias... admiramos el sufragio universal que asegura la
soberanía del pueblo... y en general demandamos la religiosa
observancia de los derechos imprescriptibles del hombre...''
El primer encuentro de los insurrectos fue en el poblado de Yara, el
día 11, bajo la nueva bandera: fueron vencidos, pero
Céspedes le dijo a los que permanecieron a su lado:
``¡Aún quedamos doce hombres, bastan para hacer la
independencia de Cuba!'' Y siguió la guerra. Conocida por los
españoles la relación entre Cambula y Céspedes, tuvo
que huir con su padre en Manzanillo: un barco de guerra destruyó el
día 13 a cañonazos el ingenio. Poco después
marchó a la manigua para acompañar a su amante. Les
nació una hija, Carmita, la adoración del caudillo. En la
asamblea de Guáimaro, el 11 de abril de 1869, se proclamó la
bandera de Narciso López como la oficial de la república,
pero quedó la de Yara presidiendo la Cámara de
Representantes.
Para unir a los camagüeyanos y los orientales, Céspedes,
presidente de la república en armas, decidió casarse el 4 de
noviembre, día de su santo, con Ana de Quesada, de Camagüey,
hermana del general en jefe del ejército libertador. De hambre se
les murió el primer hijo en el campamento, y al siguiente
año la esposa, ya en estado de los gemelos Carlos Manuel y Gloria,
tuvo que emigrar a Nueva York. La distancia aumentó los celos de
Ana por los amores de Céspedes y Cambula --los voluntarios
españoles lo llamaban ``el bígamo Céspedes''--: el 15
de julio de 1871 le escribe como para tranquilizar a la esposa: ``Te
incluyo una carta de Cambula, aunque mal escrita, pues parece que la ha
atrasado la mansión en los bosques. Ella te servirá de
respuesta a los informes que de esa infeliz te han dado... La desgraciada
niñita [Carmita] me ama, yo la amo...'' Pero no se aplacaron los
celos, y meses más tarde le escribe de nuevo sobre el asunto:
``"...Nada te dije de Cambula porque me manifestaste que no querías
saber de ella; pero como ahora la vuelves a mentar, te hago presente que
estoy dispuesto a oírlo todo...'' Y le cuenta que ha decidido, para
evitarle sufrimientos a la hija, que marchen al extranjero: ``Ella
[Cambula] cedió lastimosamente'', le escribe. ``Creo que en todo
cumplí con mi deber''.
De nuevo estaba encinta, y dio a luz en Kingston. Por reserva
sólo le puso al hijo el segundo nombre del padre, Manuel, ya que a
la niña le había puesto el cuarto, Carmen --a
Céspedes lo habían bautizado Carlos Manuel Perfecto del
Carmen. Añorando a la hija escribió el héroe en su
diario: ``Hoy he tomado el compás y medido en el mapa la distancia
de aquí a Jamaica: ¡treinta y tres leguas! ¡Qué
fácil y brevemente las salvaría una paloma! ¡Ay!
¡Si tuviera sus alas vería a mi hijita, la cubriría de
besos y en pocos minutos volvería a Cuba, donde tengo reservada la
muerte o la gloria!.'' Y poco después anota: ``Hace un año
que no veo a Cambula ni a mi hijita. En todo este tiempo me he hallado
como si hubieran muerto todas las personas que me profesaban y a quienes
yo profesaba un verdadero cariño... Ni una mano blanda y amorosa
para enjugar el sudor de mi frente en las horas de cáliz o de
enfermedad, ni una voz simpática y suave para consolarme en mis
adversidades...''
Vino la tragedia de San Lorenzo. Céspedes, depuesto de la
presidencia, murió solo disparando contra los españoles el
27 de febrero de 1874. A Cambula y a sus hijos los protegieron los
emigrados en Jamaica. Tres años después de terminar la
Guerra Grande se establecieron en Santiago de Cuba: Carmen tenía 12
años y Manuel, 9. Iniciada la última guerra de
independencia, en 1895, visitó Cambula a su hijo, quien estaba
arreglando el jardín, y lo increpó diciendo:
``¿Tú, un hijo de Carlos Manuel, trabajando en el
jardín aquí?'' --y al día siguiente se unió el
joven a la insurrección. Carmita, la hija amada de Céspedes,
murió en Santiago de Cuba durante las penurias de 1896.
Cambula se había unido en 1885 al catalán Antonio Acosta,
de quien tuvo dos hijos: Ernesto e Isabel. Pasó años en la
pobreza hasta que España, a principios de 1928, decidió
entregar a Cuba algunos objetos ocupados durante la guerra: entre ellos,
decían, la bandera de Yara. Pero se suponía que la original
estaba en la Cámara de Representantes. Tenía que
identificarla Cambula, y la llevaron a La Habana, donde en sesión
solemne lo hizo: pasó la mano sobre la estrella, la besó y
se echó a llorar: ``¡Esta es la bandera! La misma que
confeccionaron mis manos el 9 de octubre de 1868...'' La que
devolvía España era copia de la de Yara, hecha en Bayamo por
Canducha Figueredo.
El gobierno le asignó a Cambula una pensión, y a
principios de 1935 le otorgaron la orden Carlos Manuel de Céspedes.
Murió el 23 de mayo. Tenía 84 años. La enterraron en
el cementerio de Santa Ifigenia, no lejos de la tumba de Céspedes.
Hay una joven en el monumento colocando una corona de laurel junto al
busto del padre de la patria, y dicen que simboliza la república, o
la inmortalidad, o la gloria, pero a alguna santiaguera se le ha
oído decir que es Cambula, aquella hermosa mujer de
mármol.
RIPOLL
e historiador cubano.