Los encausamientos son, sin duda, un paso significativo hacia la meta
deseable de esclarecer los hechos y hacerles justicia a las
víctimas, procesando a todos los responsables. Dadas las
implicaciones políticas de la investigación, es admirable la
valentía con que el jurado realizó su labor y produjo los
primeros encausamientos. Cabe recordar que éstos se concretaron a
pesar de la reticencia con que el gobierno del presidente Clinton ha
respondido a las indagaciones sobre estos crímenes; de la facilidad
con que los medios se tragaron la bola de La Habana y Washington de que
Basulto y otros miembros de HAR ``se la buscaron''; y del lamentable
candor
de parte del público que, en charlas de sobremesa, cartas a
editores
y programas de micrófono abierto, repetía como papagayo lo
que afirmaba la propaganda.
Estos encausamientos, sin embargo, deberían ser apenas el
comienzo de una indagatoria más profunda. Que la acusación
haya excluido a Fidel Castro sugiere que el jurado no logró
librarse
del todo, si no de las presiones políticas, al menos de las
inquietudes por las posibles repercusiones de ir al meollo del asunto.
Castro asumió en público la responsabilidad del derribo de
las avionetas cuando lo presentó como una espontánea
acción defensiva. El encausamiento expone, además, que se
reunió dos veces con quienes tramaron la operación; y que,
una vez consumado el crimen, condecoró a quienes lo perpetraron.
Nadie debería sorprenderse de que nuestro gobierno prefiera jugar
béisbol con Castro a importunarle con cargos de asesinato. Pero ya
nadie debería dudar tampoco que tal acusación estaría
legalmente justificada.
Una pesquisa a fondo respondería las siguientes preguntas
incómodas para nuestro gobierno: ¿por qué en un
principio las autoridades norteamericanas declararon que las avionetas de
HAR habían sido derribadas mientras realizaban una misión en
Cuba, aparentemente para recoger cubanos en la isla? (Esta versión,
diseñada como coartada para un crimen perfecto, se desmoronó
tan pronto regresó milagrosamente intacta la tercera avioneta que
pilotaba Basulto). ¿Le proporcionaron los espías castristas
esta desinformación al gobierno? Y si así fue, ¿por
qué la creyó a pie juntillas?
Más preguntas tan fastidiosas como claves: ¿por qué
el Pentágono sacó del estado de alerta a los F-15 de la Base
Aérea de Homestead entre las 3 y 20 p.m. y las 3 y 35 p.m. del 24
de
febrero de 1996, precisamente los minutos en que MiG cubanos derribaron
las
avionetas? (El Pentágono posee esta información, pero
rehúsa divulgarla invocando el secreto de estado); ¿por
qué el gobierno del presidente Clinton se empeñó en
deportar a Cuba al refugiado Adel Regalado aun después que
éste fuera absuelto de piratería aérea en la Florida?
(Regalado huyó de la isla en un avión y contó
cómo había presenciado las prácticas del derribo de
avionetas y cómo, una vez cometido el crimen, los participantes en
el ensayo fueron condecorados).
Ypor último se impone averiguar si
Basulto pasó de héroe a villano en la prensa por pura
estupidez de ciertos periodistas o por una campaña de
desinformación orquestada por personas interesadas y embarradas.
Juéguesela al canelo que no habrá respuestas para muchas
de estas preguntas mientras dure este gobierno. Tales son las
connotaciones
políticas y criminales de responderlas. Después de todo, el
Departamento de Justicia, el FBI, el Servicio de Inmigración y el
Departamento de Estado, entre otras agencias estatales, aún
colaboran codo con codo con la dictadura que perpetró los
crímenes. Y sin embargo la justicia definitiva para las
víctimas dependerá, precisamente, de dar respuestas sinceras
a estas interrogantes.
Crimen imperfecto