Conversación con Octavio Paz
A Octavio Paz lo recuerdo cubierto por la luz y la humedad que lo ahoga todo en el sur de la Florida. Cuando vino como relámpago de primavera, hace un par de años, él quería hablar de poesía y literatura. Pero no pudo. Cuando el ambiente pegajoso y sofocante de la ciudad invade al visitante, en lugar de recordar poemas y novelas, dan ganas de largarse a la playa.
De poesía no hablamos tanto, pero de política sí. En Miami prácticamente nada ni nadie --y aquí se incluye a los premios Nobel de literatura como Paz-- se pueden escapar del huracán de preguntas sobre Cuba y Fidel Castro.
Y junto a las preguntas de Cuba llegaron las de México y las de Estados Unidos. Pero Octavio Paz se las sacó todas de encima con la finura de un torero; capoteando algunas, dando sus estocadas aquí y allá, marcando el toro con sus referencias históricas.
Sus respuestas siguen teniendo actualidad y agudeza. Les ocurre lo mismo que a algunos fragmentos de El laberinto de la soledad; hay frases y pensamientos que parecen tener vida propia, independientemente del autor.
En ese entonces lo encontré muy alerta y con energía, a pesar de su reciente operación del corazón. Sus ojos claros e inquietos no arrastraban el cansancio de las más de ocho décadas recorridas.
Para la entrevista había preparado un largo cuestionario. Pero Paz andaba de prisa, sin corbata, con una chaqueta verde y mil compromisos por delante. Dijo que prefería hablar de pie y conversamos exactamente 10 minutos y 41 segundos.
Pregunta. Encontré un discurso que usted pronunció en el 78. Y entonces dijo: ``Estados Unidos ha ignorado siempre al otro. En el interior al negro, al chicano o al portorriqueño; en el exterior a las culturas y sociedades marginales''. Esta corriente antiinmigrante que usted detectaba hace dos décadas, ¿cómo se ha incrementado ahora?
Respuesta. Bueno, por razones de orden económico, es un fenómeno universal esta actitud contra los recién llegados que vienen a trabajar en condiciones desventajosas. Se repite también en muchos países europeos y en Estados Unidos tiene particular virulencia en el sur.
R. ¿Es Estados Unidos un país en declive, una superpotencia que está perdiendo fuerza?
P. No. Yo no creo en los declives. Los americanos están empeñados en esta idea del declive, de la decadencia, porque esto los inserta en la historia. Un país que nació como un país del futuro, si es un país en decadencia quiere decir que empieza a tener un pasado. Y eso es aristocrático. Los pobres mexicanos, al contrario, estamos ahogados por la persistencia de muchos pasados: el pasado indígena, el pasado español, etc. Las sociedades a nivel mundial atraviesan por un periodo difícil. El fin de las grandes construcciones metahistóricas --por ejemplo, la última fue el comunismo--, el fracaso de todo esto que de un modo un poco inexacto llaman utopías nos ha dejado sin camino claro que seguir. Tenemos que inventar nuestro camino.
P. Precisamente, tras el fin del comunismo ahora se habla del neoliberalismo. Y después del neoliberalismo, ¿qué hay?
R. Bueno, eso del neoliberalismo suena a expresión hueca, a mi juicio inventada por gente que en realidad está hablando del capitalismo y ciertas formas que yo desapruebo del capitalismo. Pero si el neoliberalismo es el mercado, pues sin mercado no hay vida económica. Lo que hay que hacer es orientar al mercado, humanizarlo como se intentó en la primera mitad del siglo XX. Y creo que lo podemos hacer.
P. El último tema que le quería mencionar era Cuba. Usted se refería a Fidel Castro como una combinación de dictador con caudillo...
R. No. No de dictador con caudillo. En Fidel Castro hay en primer lugar el fenómeno del caudillismo latinoamericano. El caudillo latinoamericano es el hombre que gobierna por él mismo con un régimen de excepción. No son los únicos caudillos que ha habido. En el siglo XX hemos conocido caudillos como Hitler o como Stalin, aunque no es la tradición del caudillaje hispanoamericano. En ese sentido Fidel Castro representa la continuación de una tradición nefasta en América que es la tradición de los caudillos.
P. ¿A usted le parece que Castro es un dictador?
R. Un caudillo es generalmente un dictador. En segundo lugar, es un nuevo tipo de caudillo que ya desapareció en Europa, que es la dictadura impersonal de una burocracia ideológica. Eso fue el comunismo y esto también Fidel Castro, en cierto modo, lo encarna. Es decir, en él se cruzan dos influencias históricas muy distintas: la del viejo caudillismo latinoamericano y la de la ya muerta dictadura burocrática totalitaria.
Y así acabó Octavio Paz . . . todo en menos de 11 minutos.
Copyright © 1998 El Nuevo Herald