Entiendo los móviles de mis colegas, entiendo sus frustraciones,
su cólera cegadora, su afán por acabar de una vez con la
violencia criminal perpetrada en Estados Unidos por personas armadas con
pistolas, rifles, escopetas y ametralladoras.
Desde ahora advierto que me convertiré en un transgresor de la
ley si mis colegas consiguen lo que se proponen. La criminalización
de las armas cometería una injusticia conmigo y con millones de
personas. Nos presenta como chivos expiatorios en un desesperado ritual de
purificación concebido con el fin de eliminar la violencia
nacional.
No tengo porqué ocultarlo, al contrario: soy dueño de armas
de fuego y de armas blancas. De vez en cuando, practico el tiro deportivo.
Tengo rifles desde los 12 años. Hace 30, en Estados Unidos era muy
fácil comprar un fusil o una pistola. Aunque varios amigos
disponían de pequeños arsenales, las broncas se
resolvían a golpes, no a balazos. Eso sí, al igual que el
caricaturista José Varela, confieso que en la secundaria
soñaba con caerle a tiros a Fidel Castro y a su mafia.
Por contraste con casi todos los editorialistas que conozco, mantengo
relaciones cordiales con muchos propietarios de armas de fuego. Los que
acuden regularmente a los polígonos de tiro son gente
pacífica, que observan normas de seguridad con un celo obsesivo.
Sin embargo, no comparto su lectura de la Segunda Enmienda de la
constitución de Estados Unidos. En efecto, no creo que ``la
Segunda'' nos otorga el derecho de poseer armas. Semejante
interpretación ignora el contexto histórico de los inicios
de
la república estadounidense. Pero la Novena Enmienda de esa misma
ley orgánica sí nos concede el derecho a poseer armas: ``La
enumeración en la constitución de ciertos derechos no se
interpretará como un menoscabo o un menosprecio de otros derechos
que el pueblo retiene''.
Entre ellos, descuella el derecho a la soberanía personal, la
cual incluye la libertad de elegir mis placeres de cuerpo y alma. Uno de
ellos es la posesión de armas de fuego. En última instancia,
para obviar mi soberanía personal, el estado debe demostrar que mi
conducta lesiona a los demás. Por sí solo, el hecho de
poseer
armas de fuego o automóviles o fármacos no constituye una
amenaza para el prójimo. Puede convertirse en peligro cuando estos
objetos se emplean de una forma irresponsable.
Sucede que la libertad de tener una Beretta de 9MM o de un
camión
Ford no puede estar desligada de la responsabilidad. Así, al
hacerme
responsable de mi coche y de mis pistolas, asumo la obligación de
evitar que se usen para hacerles daño a los demás.
De ahí que acepte la necesidad de condicionar mis libertades.
Por
eso, a diferencia de los ortodoxos de la National Rifle Association, soy
partidario de varias restricciones sobre la importación y
compraventa de todas las armas de fuego y municiones. (Es innegable que en
los Estados Unidos sociópatas se hace bochornosamente fácil
obtener legalmente rifles o pistolas); de exigirles cursos de seguridad a
quienes aspiran a comprar armas y el uso obligatorio de candados de
gatillo.
Sin embargo, la total criminalización de las armas de fuego
negaría mi capacidad para actuar con responsabilidad al tiempo que
niega la realidad de una sociedad donde las armas en manos privadas(las
lícitas e ilícitas) sólo desaparecerían por
medio de la imposición de políticas represivas dignas de un
estado policial.
En rigor, si las armas de fuego fuesen
declaradas ilegales en Estados Unidos, en el acto se crearían dos
monopolios de violencia, el de la policía y el de los delincuentes
armados. A esos efectos, me niego a cederle una parte esencial de mi
soberanía personal a los cacos y a los agentes del estado. Sostengo
que soy partícipe de una libertad substancial cuando tengo la
capacidad para defender la inviolabilidad de mi persona y de mi domicilio.
Dicha inviolabilidad no depende de una constitución, como observa
Ernst Junger, ``se basa en el padre de familia empuñando un arma''
y
que se muestra dispuesto a defender su vida y la de sus afectos.
Reconozco que estoy marcado por el totalitarismo y por la
retórica de Castro. Su ``¿armas para qué?''
convirtió en símbolo de mi libertad la posibilidad de tener
un rifle o una pistola. No espero que los editorialistas estadounidenses
lo
entiendan.
¿Armas para qué?